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Mis recuerdos

 

Este apartado se ha creado gracias a los "recuerdos" de mi tío Ezequiel Hompanera. Aquí los dejo.

 

   

 

 

MIS RECUERDOS.

Me presento:

No soy nacido en Llama. Pero si de muy cerca, porque al lado está Grandoso, mi pueblo natal, del que no reniego. Es la patria chica de parte de mis ancestros. Mi madre, mis abuelos maternos eran de ese pueblo, al menos donde vivieron, donde trabajaron y lucharon por su familia. Es el pueblo que me vio dar los primeros pasos, donde fui a la escuela y aprendí las primeras letras.

Mi otro pueblo es Llama, de donde era mi padre y donde se radicaron definitivamente cuando yo apenas cumplía los cuatro o cinco años. Donde paso quince o veinte días estupendos cada verano, o cada primavera, donde tengo todavía primos y familiares.

En los dos pasé mi niñez, de los dos tengo mis recuerdos infantiles. Contaré alguno de ambos, si me lo permiten.

Espero ser ecuánime, contar las cosas lo más sencillamente posible, lo mejor que sepa.

¿Ser ameno?, no me atrevería a decir tanto. Pero lo intentaré.

No quiero molestar a nadie, sobre todo. Se admiten comentarios, corroboraciones o correcciones. Todo será bien recibido.

Gracias y perdón por las simplezas. Son mis recuerdos de infancia.

 

 

 

RECUERDO PRIMERO.

LA MINA.

     

En Llama, hasta los años 1970, hubo minas de carbón. Los pozos de San Pedro (el más importante), de Ma. Antonia, la mina que decían de los Caballero, Malaquías y otras…

Acompañé a mi padre en ocasiones o le llevé la comida, de la mano de mi madre, hasta la boca de la mina. Y veía de cerca aquellos mineros  en su salsa, en su tajo. Tiznados de negro de pies a cabeza, donde resaltaban sus brillantes ojos y sus dientes, tal vez, blancos.

Así los había visto pasar cientos de veces por Grandoso arrastrando sus madreñas o sus pesadas bicicletas, y detenerse en la cantina de tío Santiago, donde se dejaban en vino “fiado” un pequeño pellizco de su menguado sueldo.

Lampara.
 

Primeros del concurso de entibadores. Mino y Fernando.

La mayoría se quedaban en Llama y sus Cuarteles, en Colle, en Veneros, subían a Felechas y hasta Vozmediano. Los había que pasaban la montaña por la collada de Sobrepeña o bien seguían la senda de los baldes que portaban el carbón hasta la estación ferroviaria de La Losilla, hacia sus pueblos de las Arrimadas. Llegaron a emplear aquellas minas a más de trescientos obreros.  Y solo Llama me dicen, superó aquellos años, los doscientos cincuenta habitantes.

Los veía pasar por Grandoso camino de sus hogares, quizás, no para descansar, sino para recoger la yunta y el arado, la azada o la guadaña y hacer alguna faena de labradores. Que también los había.

Todo esto no son sueños. Son recuerdos, realidades. Así era la vida de mis padres, de mis tíos, de mis paisanos y yo lo recuerdo.

 
 

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RECUERDO SEGUNDO.

LA MINA (II).

Dije que en Llama, hasta los años setenta del siglo pasado, hubo minas de carbón.

Oíamos la sirena (el pito) cada mañana a las ocho, a las doce del mediodía, a las cuatro de la tarde. No era más que un signo de vida, de actividad.

No había apenas relojes, ni radio. Por aquel pitido enorme resonando en el valle, se guiaban las mujeres en sus quehaceres domésticos y los labradores que cultivaban los campos o simplemente pastaban sus ganados.

Aquel pitido... A veces, sonaba a deshora. Mala señal. Algo dramático pasaba allá abajo.

Corríamos todos. Las mujeres, las hermanas, las novias, los mineros que no estaban de turno... Y la noticia corría como la pólvora: se ha desprendido una vagoneta, se hundió una galería, hubo una explosión de grisú.

  Lampara.  

 

¿Las consecuencias? Uno, dos, tres... mineros sepultados. Muertos.

Son vivencias trágicas de mi infancia.

Muchos accidentes mortales de gente joven, de gente con ganas de vivir.

Unos acabaron allí sepultados, y todos, todos con secuelas de por vida. Recuerdo ya más tarde, el difícil jadear del primo Floriano, el cansancio crónico del primo Ángel, por citar sólo dos casos. Sus pulmones quedaron malheridos. Hubo y hay todavía muchos padeciendo la terrible silicosis.

Y yo lo recuerdo.

 
El minero Floriano.
 
   

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RECUERDO TERCERO.

EL CAMPO.

       
La trilla

Repito que en Llama hubo minas de carbón. Aquello fue efímero. Lo de siempre fue la agricultura, a pesar de que la tierra arcillosa y pedregosa no daba para mucho. Y la ganadería, eso sí, aprovechando las vegas de regadío y las "vallinas "del monte Palacio. 

Recuerdo especialmente los veranos y sus dos faenes esenciales, diferenciadas: la recogida de la hierba y la trilla.

La hierba la segaban los hombres a guadaña, que quiere decir a puro músculo, en el mes de julio. Para las mujeres quedaba el extenderla y darle vuelta hasta que se secaba. Para todos el acarreo hasta el pajar.

Me veo delante del carro y la pareja de vacas, cuidando que no se movieran y espantando los dichosos tábanos que las mortificaban. Y admirando cómo, horcada a horcada, se iba llenando el carro y cómo, el que estaba arriba, se ufanaba de lo bien que lo hacía. No había concursos ni premios, pero sí "piques" entre los labriegos por ver quién llevaba el carro más "cuadrado".

Trilla. Barriendo la era.
 
Recogida de la hierba

Y la trilla. Tengo vaga idea infantil de la siega a guadaña o con hoz. Sí de la trilla propiamente dicha. Cinco o seis horas de pasar el trillo machaconamente sobre la paja, hasta molerla y separar el grano. Me tocaba sentarme en el trillo: no para guiar a las vacas, que ya sabían el oficio, sino para que vieran que alguien estaba allí y no valía pararse ni a comer.

Ah. Y tener cuidado de recoger la boñiga antes de llegar al suelo. Les adelanto que nunca, nunca llegaba a tiempo: con la consiguiente regañina del abuelo Froilán, o del padre, o del que fuera.

Son vivencias y yo las recuerdo.

 

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RECUERDO CUARTO (I).

LA FIESTA.

La fiesta. La fiesta era el súmmum. Llama y Colle en aquella época eran una misma cosa. No sé si en todo. Pero al menos el día de la fiesta de San Ramón, el 31 de Agosto sí.

 
 

El baile. Tere.

 

Son muchos los recuerdos infantiles que se amontonan en mi cabeza.

No había programas escritos: todo el mundo los conocía de memoria: el del año pasado, el del otro.

A las doce Misa Solemne, cantada en latín por el tío Vicente, el Sr. Francisco y otros. Y la procesión del Santo, precedida de aquel pendón, que a mí me parecía enorme. Casi todos estábamos allí, en la ermita, cantando su himno…”San Ramón Nonato y guía...”, mientras retumbaban los cohetes en el cielo.

Acto seguido el vinillo en la cantina del tío Leonés y la comilona en casa.

Días antes se había matado el cordero y el día de la fiesta se yantaba guisado o asado. Pero siempre sabroso.

No cabíamos en el comedor; venían los tíos y primos de Grandoso, sobre todo. Hasta los primos de la abuela Aurora de Palacio.

No importaba. Se habilitaba el pasillo y la cocina para los más jóvenes. El día de la fiesta no faltaba ni el postre, ni las galletas de la madre, ni el mazapán, ni el café para todos, ni la copa y el puro para los mayores. ¡Qué delicia!!!

Y lo principal: el baile con todo los que llevaba consigo. He de aclarar que comenzaba antes de las CINCO DE LA TARDE. Primer día en los Quiñones. Segundo, la matinal y la tarde en la Requejada. Tercer día (de los casados) otra vez en los Quiñones.

Venía una orquesta de tres o cuatro músicos: el que tocaba el tambor, el bombo y los platillos, el del acordeón y puede que hubiera alguna trompeta. Para pasar cuatro o cinco horas bailando tangos, pasodobles, jotas o “el agarrao”, era suficiente.

Ensimismado, mirándoles, soñaba hacer algún día aquel prodigio de música.

 
  El baile. Asun.    

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RECUERDO CUARTO (y II).

LA FIESTA (II).

Al tiempo que la música sonaba, se organizaban otros eventos. Para los más pequeños la “corrida de sacos” o la “gallina ciega”. Qué emoción cuando lográbamos romper la olla de barro y ver volar por el aire caramelos y chuches y por los suelos la chiquillería.

Para los chavalotes la “corrida de burros”. Pobres animales; los palos que recibían para hacerles correr y que sus monturas no acertaran con las cintas que pendían de una cuerda.

Los platos fuertes eran, sin embargo, la “luche”, (no existía la lucha leonesa con sus reglas estrictas, sus federaciones y sus restricciones) y los bolos (también de antaño) y el fútbol de hoy.

 
Diana 2010

La “luche”. Comenzábamos los más pequeños para seguir ascendiendo por “categorías” de edad hasta acabar por los más forzudos o mañosos. Todo en el mismo corro, todos contra todos, pueblo contra pueblo. Y el premio solía ser de cinco duros (quince céntimos de euro) y una caja de puros.

También había concurso de bolos individuales y por parejas. Se podía armar un castro en cualquier rincón. No conocíamos las restricciones que hubo más tarde cuando ya eran famosos los primos Zacarías y Manolo.

 

Los premios de aquellos concursos de bolos eran un poco más espléndidos: un cordero, un par de pollos.

Y el partido de fútbol. No estoy seguro que estos partidos se celebraran el día de San Ramón. Pero sí los he visto en alguna fecha. Llama y Colle contra Olleros, contra Sabero, contra Boñar. Y no siempre salían malparados.

Qué ilusionados los días antes a la fiesta y ¡qué nostalgia los posteriores! Y pensábamos en el año que viene.

Todo esto son realidades y yo las recuerdo
Juegos.
 
       

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RECUERDO QUINTO.

LA IGLESIA.

Las campanas de la iglesia sonaban con frecuencia. Eran como el “despertador” del pueblo. Tocaban, por supuesto, para llamar a los actos religiosos. Tocaban a muerto.

 
Campanario

Tocaban a “hacendera” cuando había que reparar un camino o desembozar una presa.

Ese día tocaron a “rebato”. Algún desastre ocurría en el pueblo. Pues sí. La casa de tío Segundo ardía. Era verano; yo contemplaba tembloroso, la columna de humo negro desde casa del Sr. Enrique, las llamas devastadoras.

Vi, cómo la gente llegaba y formaba una cadena humana desde la presa próxima. Parecía una noria con sus cangilones. Los calderos iban y venían, descargando el agua sobre el fuego. Creo que el resultado no fue satisfactorio en absoluto. Lo que sí considero ahora encomiable es la SOLIDARIDAD de aquellas gentes del pueblo.

Yo lo viví y lo recuerdo.  

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RECUERDO SEXTO.

LA ESCUELA.

Pensaba no incluir en estos “recuerdos” mis primeros pasos por la escuela. Son vivencias de Grandoso, no de Llama.

No obstante, creo que lo que cuente es aplicable a Grandoso, Llama y Colle, Felechas o Vozmediano. Todas las escuelas de aquellos años eran  iguales o parecidas.   

 

Asun y Tere.

A los seis años cumplidos comenzábamos la “escuela”. Y a los catorce justos la dejábamos. No importaba ni el día ni el mes del cumpleaños.  

Los primeros días no eran de lloros y rabietas, pues íbamos de la mano de los hermanos mayores o de los primos. Además en el pueblo y en la escuela nos conocíamos todos. Desde los más viejos, como el tío Martín pegado a su inseparable cachimba (todavía le imagino en el portal haciendo “tarucos” para las madreñas),  hasta los más pequeños, como yo, o Emilio (mi inseparable amigo de infancia) al que no veo desde entonces. ¡Qué lástima!  La vida nos ha llevado por distintos caminos.   

Sí me impresionó aquella sala tan “grande”, presidida por un crucifijo allá en lo alto y, a su lado, el retrato de un  señor con bigote, fajín y medallas en el pecho, a quien mi hermano Tasi confundió con el peón caminero que arreglaba los profundos baches de la carretera. Este también se apellidaba Franco. 

Pues bien, seguramente de la escuela recordamos, sobre todo, los “reglazos”, los ratos pasados de rodillas cumpliendo algún castigo “inmerecido”. Castigos aplaudidos por los padres generalmente, que daban siempre la razón al maestro.

Por mi parte quiero resaltar el valor de aquellos maestros y maestras.  Pienso que a la postre eran unos santos. No tenían D. Florencio y Dña. Pura la culpa del estrés, de los nervios. Era culpa del sistema educativo de hace sesenta años.

Cuni y Jose.

Y si no, pongámonos en su piel. Ellos solos ante el peligro que representaban cuarenta, cincuenta o sesenta chavales y chavalas de seis a catorce años. Bastante tenían con mantenernos en orden y en silencio.

Creo que sabían ingeniárselas. Enseñaban algo de Gramática, Matemáticas, Geografía, Historia a los mayores y éstos, enseñaban a leer y  escribir a los más pequeños. Yo aprendí las primeras letras gracias a la paciencia de la prima Humildad.

Al final acabábamos sabiendo (más o menos) el contenido de aquellas enciclopedias que englobaban todas las materias y muchas más. Y orgullosos de cumplir los catorce años. Ya no necesitábamos aprender más. Ya éramos unos HOMBRES y MUJERES. El resto nos lo iría enseñando el devenir de la vida, con sus latigazos y “caricias”.

Yo lo viví y lo recuerdo.

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RECUERDO SÉPTIMO.

EL AGUA.

Llama es un  pueblo agraciado en agua. Con su pequeño “río” se riega la Vega, Riazo, la Loma.  Pero faltaba el agua en las casas. Faltaba la “traída”. Ni siquiera el pueblo (me duele decirlo) tenía un  caño para abrevadero del ganado. Bastaba el río.

El agua en aquellos tiempos se iba a buscar a la fuente, caldero a caldero. Normalmente era faena de mujeres, aunque los críos también colaborábamos. Cuántos viajes de ida y vuelta y qué pronto se agotaba. No había caño y la fuente quedaba muy a desmano. Casi escondida en una senda, entre unos matorrales.

Al menos en Grandoso, lo estoy viendo ahora, las mozas iban al caño al oscurecer, donde se contaban “sus cosas” o flirteaban con los mozos que conocían la hora. Cuántos noviazgos y matrimonios tuvieron su primera chispa al runrún del agua.

Por supuesto, tampoco había lavadoras. ¡Qué quimera! Esto, en ninguna parte. 

 

Asun.


Y las mujeres cargaban con  el balde de la colada camino del río. Cada una hacía su propio lavadero en una “poza”, con una “lágana” o una tabla más o menos preparada. Invierno y verano, primavera y otoño. Con frío y con calor. Yo vi a mi madre y mis tías romper el hielo de la orilla; las vi ateridas, con las manos rugosas y descoloridas que les dejaba el agua helada. No sabían qué era hacer una colada de agua caliente.

Todo se hacía a la temperatura del tiempo. Y qué tiempo.

Me contaron más tarde, los saltos que daba la madre cuando abrieron el pozo en la era y vio que el agua, a través de tubos y ayudada por una bomba manual, llegaba a la fregadera. Adiós calderos, adiós viajes a la fuente, adiós otra faena ingrata. La mayoría de las casas en el pueblo llegó a tener su propio pozo. Significa que el subsuelo es rico en agua.

Mas tarde llegó el agua de la traída y se normalizó la cosa. No del todo, porque hay veranos que escasea. Cosa de las lechugas y del césped. Ya se puede lavar con programas de agua caliente y fría. Ya no es necesario romper el hielo en la orilla del río.

Yo lo viví y lo recuerdo.

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RECUERDO OCTAVO.

LA MATANZA.

Decían ya los abuelos que el cerdo era el animal del que se aprovechaba todo. Un amigo mío dice que del cerdo le gustan hasta los “andares”.

Hasta no hace mucho, uno de los acontecimientos del año en los pueblos, y en Llama por tanto, era la “matanza del gocho”.

Emocionado, veo salir parsimoniosamente al animal del cubil, animado con familiares palmaditas del amo sobre el lomo, guiado cariñosamente hasta el “patíbulo”. Allí le cogían desprevenido, cuatro o cinco forzudos (porque venían los primos y los tíos en ayuda) por las orejas y las patas y le tendían en el “banco”. Yo le sujetaba por el rabo.

 

Inmovilizado, pateando, gruñendo a grito pelado, como si se despidiera del pueblo, era sacrificado. El más hábil le clavaba el cuchillo, mientras el ama de casa recogía la  sangre que caía a borbotones en una cazuela, cuidando de batirla para que no coagulara. Se necesitaba líquida para hacer las morcillas.

Seguía lo que a mí más me agradaba. Con manojos de paja de centeno sin trillar se le chamuscaba y, con agua casi hirviendo, ayudados de gruesos cepillos o simplemente con trozos de teja, se le pelaba hasta dejarlo limpio y blanco como la nieve que a veces caía. 

Matanza. Vitorino, Cuni, Gundi, Tio Goro.
 

Para mí ya había acabado casi todo. No miraba cómo le abrían en canal, le extraían las asaduras que las mujeres recogían en un balde y se iban a lavarlas al río.

Los hombres  terminaban la faena de aquel día colgando al cerdo, entero e inerte, en un lugar fresco de la casa. No se necesitaba buscar mucho en aquellos días de noviembre o diciembre.

¡Ah! Venía un señor de Boñar para recoger una muestra. Dicen que se llevaba  la mejor tajada de lomo, para examinar si estaba libre de triquinosis y era apto para el consumo.

Matanza. Rosi, Tia Goya, Segis, Ángel y Arturo.
 

Aquel día se comía en familia probando ya los primeros sabores del cerdo.

Por la tarde se hacían las morcillas caseras. Los días siguientes se descuartizaba (se “estazaba”). Se preparaban los jamones para su curación. Se hacían los chorizos caseros que ahumados en aquellos hornos durante meses tomaban ese sabor típico de los chorizos de León, o al menos de mi tierra.

Yo lo viví y lo recuerdo.

 

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RECUERDO NOVENO.

EL ABUELO.

Los inviernos de entonces eran largos. Las noches también. A las cinco de la tarde era noche cerrada. Y fuera de casa nevaba, helaba.  Así que nos refugiábamos en la cocina, al calor de la lumbre.

Jugábamos, saltábamos, para desespero de la abuela. A veces hacíamos los “deberes de la escuela”-

El abuelo se presentaba sobre las ocho, después del ordeño y de haber dejado aviadas a las tres o cuatro vaquitas que tenía en la cuadra y al burro. Casi siempre le acompañaba yo en estos menesteres. Con diez o doce años me atrevía a ordeñar aquella vaca que decíamos “bonita”.

Llegábamos a la cocina, colaban la leche, nos lavábamos las manos en la fregadera y mi abuelo cogía el rosario que colgaba de un clavo de la ventana y todos a rezar.

Aquel repetir de salves y avemarías, con sus letanías, cos sus padrenuestros por las animas de los difuntos, con sus oraciones a San Antonio por la oveja perdida, con sus credos y salves a mi me parecía interminable.

Seguía la frugal cena: unas patatas cocidas, unos fréjoles, unas sopas de ajo y un vaso de leche recién ordeñada.

Quedaba tiempo todavía antes de ir a la cama. Tampoco había que madrugar, amanecía tarde.

Como no había tele, me gustaba oír cuentos más o menos verosímiles, las “batallitas” típicas de los abuelos, o la historia real de su vida.

El abuelo había sido carretero (sin derecho a huelga) en sus años mozos. Transportista dicen ahora. 

Con su pareja de bueyes y su carro hacía el trayecto del pueblo a León y de León al pueblo en cuatro días y por seis reales de los de entonces, portando carbón de ida y “género” (alpargatas, zapatos, telas, cazuelas, madreñas… que le encargaban los tenderos de Boñar) de vuelta.  Por aquellos caminos pedregosos, enfangados, “caminos muertos”, sentenciaba el abuelo.

Hacían noche a medio trayecto, casi siempre en Ambasaguas. En esas paradas, a veces, sucedía lo menos pensado. Se juntaban, como es lógico, unos cuantos carreteros, se hacían sus apuestas, se alababan sus yuntas de bueyes y sus carros, se jugaba a las cartas y se bebía vino.

 
Asun, el abuelo Froilán y Tere.

-No sabíamos cómo (corroboraba la abuela), habiendo salido con una pareja de bueyes cárdenos, volvía con otra de color negro. Había vendido melenas, yugo, bueyes y carro y regresaba con  otros, decía, “mejores”. –Tu abuelo, me decía él, siempre salía ganando.

Hasta el próximo viaje.

En honor a mi abuelo he de decir que a pesar de haber sido carretero y tener, éstos, fama de malhablados, nunca le había oído decir “reniegos”. “Me cagüen sos” era su palabra más malsonante. Tal vez por eso le llamaban el “tío Sos”.

Así pasábamos las largas horas de la noche. O bien jugando a la brisca, o simplemente durmiendo en el escaño.

Yo lo recuerdo.
 
Froilán y Tere.

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RECUERDO DÉCIMO.

LA NIEVE.

Normalmente mis visitas a Llama suelen ser en verano. Cuando falta el agua y sobra el calor. Aunque no siempre. He pasado frío en Agosto.

Esta vez la visita fue en primavera. Los días ya son largos, los campos van adquiriendo poco a poco ese aspecto de frondosidad y lozanía que ofrecen prados y montañas en esta época y en esta tierra.

Pero siempre en estas tierras hay sorpresas, o a mí me parecen. 

Ese día, a las seis de la mañana, cuando aún gozaba del calor de las mantas, me despierta un toquecillo en la puerta de la habitación y una voz ronca, recién salida del más profundo sueño, que me anuncia.

 
Nieve.

- Hermano, asómate a la ventana y verás algo maravilloso.

Efectivamente, una maravilla era para mí aquel espectáculo. Mi coche en el corral desaparecido bajo un palmo de nieve.

Aquel manto blanco de nieve me trajo a la memoria los inviernos de mi infancia. Entonces sí nevaba con ganas. Nevadas, nevadas de padre y señor mío. Quien diga que no hay cambio climático, miente.

En ocasiones permanecíamos aislados dos o tres semanas. No había tractores ni máquinas quitanieves. Los hombres se armaban con palas untadas de grasa o tocino, para que la nieve no se pegara, y abrían senderos por lo menos hasta la puerta del vecino por si tenían que auxiliarse con un poquito de sal (decían ellos).

Y para que las vacas pudieran salir del establo a beber agua en el caño, en el río o en las “pozas”.

Para los más pequeños era una gozada. Adiós  escuela  por unos días; bienvenidas las mojaduras, los muñecos de nieve que hacíamos en lugares estratégicos, con su bufanda, con su pipa, con  su narizota de remolacha.

A pasarlo “bomba” los pequeños y a renegar los mayores de aquel tiempo infernal. Por unos días, además, ni cartero, ni coche de línea. Aislados.

Yo lo recuerdo.

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RECUERDO UNDÉCIMO.

LOS JUEGOS.

Cuando veo a los niños de hoy rememoro mi niñez. ¡Qué diferencia! La noche y el día. De la máxima carencia a la más absoluta abundancia. Me explico.

No conocíamos a Papá Noel. El Niño Jesús no hacía regalos, más bien los recibía en forma de villancicos.

Los Reyes, sí. Nos traían una bolsa con una naranja, una manzana, unas nueces, unos higos, un trozo de turrón y unos escarpines. Menos éstos, todo lo demás, creo, iba a parar al frutero común. 

Guillermo, Anuncia y Milagritos.

 

Los padrinos solían regalarnos una o dos pesetas.

Y fuera de Reyes había pocos motivos (tampoco dinero) para hacer regalos. Si acaso el día del cumpleaños nos hacían la “cuelga”. Y el padre o el abuelo traían  unos caramelos o unas avellanas cuando bajaban a Boñar.

El único juguete y del que tengo un amargo recuerdo es un caballo de cartón  que trajo a casa tío Manolo. Duró unas horas: las que necesitó mi hermano Mino para abrirle en canal y ver qué tenía dentro. Estaba vacío, nos quedamos sin caballo y con lágrimas en los ojos.

Los juguetes los fabricábamos nosotros con la ayuda de los mayores. “Trenes” con latas de sardinas arrastrados por una cuerda imitando las vagonetas de la mina. El “aro” de hierro que guiábamos con maestría ayudados de un gancho de grueso alambre.

Pasábamos el tiempo imaginando mundos. Eso sí, como los niños de ahora, o más.

Llegados a la escuela y un poco mayorcitos había otros “divertimentos”. Recuerdo tres especialmente.

Las canicas. No eran de cristal, sino de barro cocido que resultaban muy frágiles.  Jugábamos al “gua”, por ejemplo.

Las chapas. Tapas de botella que enteras o machacadas teníamos que acercar, desde tres o cuatro metros, a una raya trazada en el suelo. También había variantes de juego.

Antes

 

La peonza. Qué os explico de la peonza que sobradamente conocéis.

Estos juegos tenían su ciclo que duraban, puede ser, dos meses. No eran simultáneos.  Tampoco sé el orden. Alguien aparecía una mañana con la peonza y en tres días estábamos todos armados. Lo mismo sucedía con las canicas o con las chapas.

Había otros juegos por supuesto más atléticos, pero muy simples. El “marro”, el “escondite”, “policías y ladrones”, el “piti” (juego que hacía peligrar los cristales de casa de tía Goya), el “calvo”. Y los “bolos”.

Daniel.
 

Sin juguetes, pero con estos juegos y ayudando a los mayores en los quehaceres domésticos pasábamos felices los días.

Y las chicas, ¿qué? También tenían su modo de divertirse.

Jugaban a las muñecas de trapo que fabricaba la madre o la tía. A la “taba” (juego de muchachas que se hace con tabas (astrágalo) de carnero o con piezas de otro material), describe el diccionario.

Saltaban a la “comba”.

Dibujaban en el suelo unos cuadros en forma de cruz (el “castro”) e iban saltando de uno en uno, previo lanzamiento de una teja, por ejemplo.

Ahora

 

Pero esto, mejor que os lo cuenten ellas.

Esto era nuestra falta de juguetes, nuestros juegos, nuestros felices sueños tal como yo los recuerdo.

Algunos aún perduran, otros se los ha llevado el tiempo.

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RECUERDO DUODÉCIMO.

EL ABUELO (II).

Allá por los cuarenta del siglo pasado yo tenía ocho años.

Ese año cuarenta murió la abuela Francisca y en casa quedamos el abuelo con setenta años, el tío Eustasio recién llegado de la guerra y del frente (fue de los que se salvaron), la prima Humildad de ama de casa y yo de “motril”.

Humildad ama de casa. Con doce o trece años hacía las camas, barría, fregaba y cocinaba para todos como mejor sabía. Y sabía mucho. Era de ver cómo le gustaban a tío Bernardo, cuando se acercaba de visita con su traje de guardia civil y su tricornio, las sopas de ajo que le preparaba Humildad para el desayuno.

Y yo de “motril”. Una especie de recadero y sobre todo pastor de vacas.

Antes de seguir os advierto que en casa del abuelo lo principal a nuestra edad era la escuela. Era algo sagrado, no se podía hacer campana, como no se podía faltar a misa y al rosario los domingos.

  Abuelos

Cómo envidiaba yo a los compañeros que, con la excusa de las vacas, comenzaban el curso un mes más tarde y lo acababan un mes antes.

Sí, yo de “motril”. Lo hacía por las tardes en los largos días de primavera, los fines de semana y en las vacaciones, por supuesto.

Cada familia, por aquellos años, tenía pegado a la casa su “cuadra”, su pajar y dos o tres vaquitas productoras de leche (y un burro). Los había miniterratenientes con doce, catorce y más reses. Había una buena cabaña en el pueblo.

Yo llevaba a pastar las vacas al casarón, al Soto y sobre todo a Fresno (dicen que tenía la hierba más sabrosa de la comarca para el ganado). El abuelo me acompañaba en el trayecto (o yo a él). Me dejaba solo y volvía a casa a realizar otros quehaceres: limpiar la “cuadra” y echarles la cena a los animales. Algo que yo no entendía. Si las vacas se pasaban la tarde comiendo, ¿por qué había que darles la cena?

A veces se quedaba conmigo y los días fríos de otoño hacíamos lumbre al resguardo de un ribazo, y nos sentábamos al rescoldo en piedras preparadas al efecto.

  Tere y Dora.

Su edad le jugaba malas pasadas y se quedaba dormido. Pero os juro que en mil años no se me hubiera ocurrido lo que sí tramaron en minutos, años más tarde, el primo Manolo y mi hermano Tasi (eran dos, con su doble malicia, cuatro). El abuelo, en su sopor, no olió la chamusquina de la boina; sintió directamente la quemadura de la brasa en su cuero cabelludo. Mientras se levantaba despavorido, los pillos disimulaban y se reían a doscientos metros.

Por noticias posteriores que tengo, se lo tuvo en cuenta hasta la muerte y más allá. Y con razón.

Cuántos felices recuerdos me trae mí subconsciente.

Aquella casa donde yo nací, que me vio dar los primeros pasos y crecer, se cerró definitivamente para nosotros cuatro o cinco años más tarde. El tío Eustasio se fue a Madrid a hacer de carabinero. Más tarde, ya casado, emigró a México. A mí me mandaron a los frailes. El abuelo se hizo viejo y no estaba para más faenas. Y Humildad volvió a casa de sus padres y se llevó consigo al abuelo.

Éste llegó a los 94 años, viviendo primero en casa de su hija Josefa y últimamente en casa de su otra hija Anuncia.

Yo lo he vivido y yo lo recuerdo.

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RECUERDO DECIMOTERCERO.

LA POSGUERRA.

 
aviones


Alguien, que ha leído estos “mis recuerdos”, me preguntó hace unos días:
-Y tú, ¿no llegaste a vivir la guerra?
- Pues sí. Y, sobre todo, la posguerra.

Cuando comenzó  yo tenía cuatro años y siete cuando acabó.

De la guerra tengo ideas muy confusas. Recuerdo tres o cuatro cosas concretas más diáfana y nítidamente. Oíamos de tanto en tanto el retumbar de los cañones, decían, procedentes de Boñar.

Recuerdo ver por primera vez, ensimismado, hipnotizado, una escuadrilla de aviones (tres o cuatro) sobrevolar repetidamente el pueblo, mientras grandes y pequeños señalábamos con el dedo: Por ahí van, ¡por ahí van! Me parece que hasta para el abuelo y el tío Martín era una novedad. Y haber soñado con aquel espectáculo y aquel ruido nada parecido al pacifismo de la avioneta de Salvador.

Recuerdo aquel día, sobre todo. Tras los ventanales de la escuela los niños, temblorosos y acongojados, vemos desfilar un regimiento de camiones y soldados a paso firme  y marcial por la carretera. Qué impresión.

 


Soldado.

Tengo todavía la imagen de aquellos, que rezagados, ya no podían con las enormes mochilas y menos aguantaban las llagas de sus pies doloridos. Les contemplé exhaustos, sentados, tumbados en el alféizar de las puertas, quitarse las botas y mostrar aquellas heridas. Las abuelas y mujeres, como samaritanas, sacaban baldes de agua caliente tratando con ello de aliviar aquel sufrimiento. Cómo les curaban y vendaban los pies con simples vendas de trapo, hechas quizás con retales de camisas viejas,  para que pudieran seguir su triste caminar. Algunos soldados, incluso, eran conocidos, si no familiares.  
 

Allí supe por qué los que organizan las guerras van siempre en “limusina”. O lo he aprendido con los años.

También sonaban las campanas de cuando en cuando. Decían porque “los nuestros” habían ganado una batalla o tomado una plaza.  Como si los que habían perdido no fueran también de “los nuestros” en aquella guerra fratricida.

Cuánto lloró la abuela Aurora durante años. Ella, como tantas otras madres, había salido perdedora. El menor de sus hijos, yo recuerdo al tío Secundino (me había llevado de la mano junto a la pareja de bueyes), con sus primos Elías y Antonio y otros más del pueblo fueron llamados a filas  y murieron. No me importa de qué bando. Al tío Secundino (parece que de la quinta del biberón) se le perdió la pista nada más salir de casa, antes de llegar en tren a León. Hasta hoy. Fueron inútiles la  espera, los rezos, las súplicas, los rosarios de la abuela. Las diligencias de mi padre, su hermano, sobre todo, por encontrarle, vivo o muerto, también resultaron vacías, huecas. Parece que descansan en una fosa común cerca de Avilés. Hasta allí llegó mi padre por ver si había suerte. No la hubo. Como tampoco la tuvieron otras madres del pueblo.

 
Guerra

La posguerra. Creo que ya he contado sobradamente cómo vivíamos los niños por los años 40. Pues a nuestra edad en la escuela y ayudando en lo que podíamos a los mayores. Y rompiendo alpargatas corriendo por aquellos caminos de tierra y piedra. El abuelo me traía unas nuevas, de casa del “catalán” de Boñar, cada lunes. Me duraban hasta el martes, íntegras. Yo me las arreglaba para ir combinando unas y otras y no andar descalzo hasta el próximo lunes. Como todos los demás compañeros de juegos y fatigas. Si es que no las llevábamos en la mano, o las escondíamos en el hueco de una pared, para que duraran.

 

Y ¿los mayores? Con muchas dificultades y penurias. Fueron los años del estraperlo, de la cartilla de racionamiento, del hambre. No me lo contaron, son vivencias en primera persona. Yo, para esas fechas, ya tenía algo de razón.

Por suerte, en los pueblos, teníamos lo básico y no recuerdo haber pasado hambre, aunque tuviéramos que merendar pan con pan en vez de chocolate; y discutiéramos, a veces, por la mejor tajada; que se llevaba el más listo. Lo más que había para merendar, era una tostada de mantequilla con azúcar o sin. En las casas de los labradores siempre había unas patatas para almorzar, el cocido del mediodía (adobado con la morcilla y el tocino de la matanza), unos fréjoles para cenar, por ejemplo. Las gallinas sabían poner huevos y cuando no, se mataban para hacer caldo. En el corral había conejos. De vez en cuando una oveja se hacía vieja o se quebraba una pata y había que sacrificarla. Y sobre todo, casi nunca faltaba la leche.

Frecuentemente el tío Manolo, consumado cazador, nos traía una liebre o dos perdices.

Aceite, azúcar, arroz y alguna cosilla más se conseguían mediante la cartilla de racionamiento, algo que las madres administraban con medida hasta el próximo reparto.

Otras cosas (garbanzos, fréjoles, judías) se iban a buscar a la Ribera, con los borricos, por aquellos senderos montañosos esquivando a la guardia civil y el fielato.

Se fue pasando, como mejor se pudo y se supo, hasta que llegaron tiempos mejores.

Yo lo viví y lo recuerdo.

 
 

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RECUERDO DECIMOCUARTO.

 


ANÉCDOTA I - El arrepentimiento.

Gracias, Nisa, porque me las has traído a la memoria.

Ya he contado, cómo en aquellos años cuarenta del siglo pasado (qué viejos somos), si bien en los pueblos no pasamos hambre, hambre, sí escaseaban muchas cosas. Por ejemplo, la fruta. Y a los rapaces nos gustaba entonces. No ahora, que sobra, por lo que oigo.

 


Frutales

Tanto en Colle y Llama como en Grandoso había huertas con más o menos árboles frutales.

En Grandoso recuerdo la del tío Ignacio allá arriba y la del Sr. Eugenio y la del abuelo aquí abajo. En Llama la de tía María y la de la Sra. Ana. En Colle la del Sr. Paulino en la Viliella. Había otras, por supuesto, además de árboles en patios y huertos caseros. Si el año se presentaba propicio y las heladas no habían matado la flor, a principios de verano se cargaban de cerezas, ciruelas, peras o manzanas. Toda una tentación para nosotros.

Esa tarde-noche, cuatro mozuelas de Grandoso se atrevieron con las manzanas del abuelo.

 
 

Ni que decir tiene que antes de veinticuatro horas la “fechoría” infantil corría de boca en boca por el pueblo y eran señaladas con  el índice.

Sus abuelas y madres, avergonzadas las pobres, las recriminaban:
-Pecadoras, iréis al infierno, tenéis que confesaros. ¡Qué vergüenza! ¡Qué bochorno!

Tal pánico cogieron a las penas infernales las chavalas que deciden confesarse.

 
Iglesia

Y el próximo domingo, después del rezo del rosario obligatorio, cuando ya la iglesia está vacía y sólo se sienten las pisadas, abordan al Sr. Cura, D. Eduardo:
-Queremos confesarnos.
-Muy bien, hijas.

Entra D. Eduardo al confesionario y ellas cuatro pegadas a la pared en fila india como ovejas que van al matadero, bajo la mirada recelosa de los santos que las miran desde el retablo, se pellizcan, se empujan, se animan.

-Primero tú.
-No, tú.

Al fin arranca la más valiente, la más extrovertida, quizás la más inocente y se arrodilla.  Con voz poderosa resonando en la iglesia hueca, grita:
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida.
-Me acuso de haber ido a las manzanas del tío Froilán.
-¿Eso has hecho tú, hija?
-Sí, Señor.

 

Las otras tres que esperan su turno, al oír aquella conversación, comienzan a reír de pánico, a llorar, a tiritar y abandonan  la iglesia, despavoridas, como almas que lleva el diablo.

Al parecer, todas tuvieron perdón de los santos del altar, del Cura, del pueblo, de las abuelas y madres y hasta del tío Froilán. Al menos habían mostrado su arrepentimiento y no era cuestión de verse en el purgatorio.

Ya no volverían a las manzanas. Cuánto teníamos que padecer. Teníamos escasez en el lo material y miedos infundados o excesivos en el alma.

 
 

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RECUERDO DECIMOCUATO (II).

ANÉCDOTA II - Apañando.

Es otra inspiración de Nisa, gracias.

Cuando salíamos de la escuela en las largas tardes primaverales, casi todos los chavales y chavalas teníamos algo que hacer y no solamente las tareas escolares, que también. Ya dije que ayudábamos en los quehaceres domésticos y rurales.

Normalmente cuidábamos las vacas en sus pacederos. En primavera tocaba, además, acompañar a los mayores a “escavar” unas patatas o unas remolachas, por ejemplo. O ir a sulfatar aquel patatal infectado de escarabajos. ¿Os acordáis? Era poca la falta de recursos, y en aquellos años de posguerra nos viene ese bichajo de Alemania (es lo que se decía) que devoraba las patatas. Tras de cornudos apaleados. Tardaron varios años en erradicarse aquellos malditos animalejos.

Aquella tarde a las mozuelas, que son protagonistas de esta segunda anécdota, les espera en casa la azadilla y el saco para ir a “apañar”.

 

Aclaro que “apañar” era una faena muy útil para los labriegos de aquella época. Se mataban dos pájaros de un  tiro. En la tierra, recién brotado y crecido el trigo o el centeno, crecían también las malas hierbas. Por un lado se extirpaba la cizaña, y por otro, se aprovechaba para alimentar al “gocho”, a los conejos, a las gallinas. Dos pájaros de un tiro. Pero, ojo, había que hacerlo en la tierra propia o en los ribazos de nadie y de todos. Lo demás podía ser castigado con multa.  

Y aquí viene lo bueno del cuento. Las susodichas mozuelas llegaron a su tierra y advirtieron que en la parcela vecina abundaba más la mala hierba que el trigo, con lo que llegaron a este sencillo razonamiento. Más cizaña, antes llenamos el saco, más pronto nos vamos a casa, más tiempo tenemos para saltar a la comba o jugar a las tabas, si la madre no encuentra otra faena para nosotras. “Dejaremos el saco y nos camuflaremos a escondidas”.

  Nenas Pero amigos, tuvieron mala suerte. Las sorprendió el guarda. Hoy le llamaríamos “guarda forestal” y le verían con su uniforme y gorra para aparentar más autoridad. En el oeste americano le dirían “guardabosques”, con el que jugaba al gato y al ratón el oso Yogui. De todos modos se estableció el diálogo:
- Chavalas, ¿qué hacéis?
- Pues ya ve, “apañando” un poco.
- ¿De dónde sois?
- De Grandoso.
- Y ¿no sabéis que ese trigo es de Las Bodas?
- Pues, no.
Respondieron ya acobardadas, sonrojadas.
 

- Os tengo que denunciar. 
- Bueno.
- ¿Cómo os llamáis?
- Yo María. Yo Marta. Ninguna de las dos dio su verdadero nombre. Parece que habían aprendido bien la lección.
- Y ¿de quién sois?
- Nietas del tío Ignacio. Otra mentira mayor.

Pasados unos días se presenta el guarda en casa del tío Ignacio con la multa de cinco pesetas.
- Aquí tiene la multa que puse a sus nietas la semana pasada. Venía el papel avalado con el “cuño” correspondiente de la alcaldía.
-  ¿Cómo? Si yo no tengo hijos, menos puedo tener nietas -  renegaba el tío Ignacio. No necesitó buscar testigos. El guarda se retiró con el rabo entre piernas y murmurando. ¡Cómo me la pegaron las chavalas! ¡Lo tendré en cuenta para la próxima!

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RECUERDO DECIMOCUATO (III).

ANÉCDOTA III - Gran pirotecnia.

En mi infancia, en la fiesta de San Ramón, que celebraban conjuntamente Colle y Llama, no había programas escritos. Pocos años más tarde parece que sí. Dicen que escritos a mano, con  la mejor letra, en una hoja del cuaderno de la escuela, se elaboraba el programa y se pegaba con engrudo en el panel de anuncios de ambos pueblos.

Esta historia me la contaron de viva voz los mismos protagonistas. Yo la he corroborado con testimonios fidedignos. No me fiaba, la verdad. Ahora, parece que me la creo. Voy al grano y no exagero. Si acaso ellos. Yo lo cuento tal cual.

“Programa de fiestas”: “Segundo día”. “Doce de la noche”. “Gran despedida de fiestas con fuegos artificiales”. “Lo nunca visto en el pueblo por los siglos de los siglos”. Rimbombante sí quedaba.

 

Marcelino

Llegada la hora de la verdad parece que grandes y pequeños, nietos y abuelos, mozos y mozas, esperaban la gran demostración pirotécnica. Aclaro que por aquellas fechas, con las minas en todo su esplendor, Colle y Llama solamente superaban los trescientos habitantes. Además la noticia se había escampado por los pueblos vecinos (asiduos a la fiesta de San Ramón) y había una buena representación de todos ellos, no sólo de los que venían a buscar  “ligue”. Hasta de la villa subieron espectadores. Y los promotores, que aquel año eran el primo Marcelino y mi hermano Mino (no sé si había algún gamberro más, que me perdone si no le cito, me puede enviar una foto reciente y saldrá también retratado) no sabían dónde meterse. Con lo de la pirotecnia se habían lanzado un farol en el programa. Vaya, que se habían puesto una medallita con antelación, que ahora pagaban cara. Todos les apuntaban con el dedo: LOS FUEGOS… LOS FUEGOS…

Salieron del apuro y de ser linchados por la multitud por casualidad.

“Fulano” les susurra al oído:
-Id al pajar de “Mengano” y traed la gavilla de centeno que reserva para “chamuscar” el “gocho” en la matanza.

Se les abrieron los ojos como cazuelas y los dos pillos se van al pajar de “Fulano” precisamente y encuentran el tesoro.

Llegan con su trofeo y se ven salvados.

 
Mino y Jose

El ruido lo hacían los cohetes, que sí había en abundancia. La pirotecnia la ponían ellos. Mientras uno le iba dando manojos de centeno encendidos el otro, montado en un chopo, los agitaba haciendo saltar las chispas y el humo.

El jolgorio de los espectadores, los vítores, los aplausos, las aclamaciones, los ooooh!, les libraron de ir arrestados por la pareja de la guardia civil. Y porque habían cenado con ellos un par de horas antes.

Con qué poca cosa se conformaban y se divertían en aquellos tiempos.

 

“Fulano”, el que les había soplado la idea, se enteró que le habían robado la gavilla de centeno cuando quiso “chamuscar” el “gocho” allá por el mes de diciembre. Y maldijo a los ladrones. Todavía se lo está recordando estos años cuando se encuentran en la cantina para tomar unos vinos.

Así me lo contaron, así lo cuento.

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RECUERDO DECIMOQUINTO.

SENTIMIENTO.

Amigo trotamundos (te vas a hacer famoso). En tu primera incursión en el foro de esta WEB, entre otras cosas, me dices: “Sigue escribiendo”. Al tiempo que te lo agradezco, me pregunto: ¿Y cómo? ¿Y qué? La cabeza a mi edad no da para más, so pena de repetirme. No me gustaría que estos recuerdos se hicieran pesados y alguien exclamará: ¡YA ESTÁ BIEN!

En consideración tuya, y de tu tía Marucha, te explico tres historias que atañen a los tuyos y a los míos. Siempre tengo el problema de no saber ser del todo breve.

Primera: Los abuelos.
Has de saber que en aquellos tiempos un surco de tierra representaba, quizás, un celemín de trigo para el hórreo, un par de hogazas  para la mesa. Y si era el huerto, más cebollas o más patatas para cenar tres noches.

 

Argimiro

Y el agua, el agua lo era todo para los labriegos. Cuatro regaderas más significaban un brazado de hierba para las vacas, y un litro de leche para el desayuno. A partir de la recogida de la hierba se regaban los “praos” y las huertas. Por orden, por horas según la superficie de la finca. Recodarás que el tío Argimiro y el tío Froilán tenían en la Vega una parcela lindando, antes de la concentración.

Y del agua discutían aquella tarde. No pienses que llegaba la sangre al río que queda a menos de un tiro de piedra. En estas estaban, cuando a uno se le ocurre:
- Froilán, Argimiro, ¿por qué discutimos? Tú y yo tenemos una pata aquí y otra allá y cuando llegue el momento sobrarán con cuatro palmos de tierra para que nos den sepultura.

Esta frase me ha quedado grabada desde entonces. Espero que nuestros abuelos sigan tan amigos allá donde estén y se tomen juntos sus buenos vasos de vino.

Segunda: Las Anuncias.
Tu abuela y mi madre tenían el mismo nombre. Y me parece que eran muy buenas amigas. Tu abuela subía con frecuencia al barrio de arriba y mi madre bajaba al barrio de abajo. Y charlaban un rato.

Aquellas vacaciones llegué del colegio y casi sin deshacer la maleta me dice mi madre:
- Tienes que ir a dar el pésame a la tía Anuncia. Tu tío Argimiro había muerto en la mina aquella primavera.

Me acompañó mi madre. No sé si le di el pésame a tu abuela. Lo que sí contemplé fue aquel enorme abrazo que se dieron y aquellos sollozos entre lágrimas:
- Mi hijo de veintidós años. Decía una.
- Con estas minas todos estamos en peligro. Replicaba la otra.

De hecho, tu mismo padre tuvo un accidente gravísimo. Yo le vi con la cara quemada. Tus otros tíos, Mesio y Carlos, posiblemente emigraron a Madrid huyendo de aquel peligro. Ya habían pagado con creces su cuota de sufrimiento.

Como decía antes de los abuelos, espero que donde quiera que estén, sigan teniendo las amenas conversaciones de antaño.

 
Adonis

Tercera: El rosario.
Resulta que en aquellos tiempos el mes de octubre se celebraba el mes del rosario. Y se rezaba cada día en la ermitina, que no tenía bancos. Los pocos hombres que asistían, atrás, en el coro, con cara de aburridos despreocupadamente recostados contra la pared o en alguna columna. Las mujeres en medio, arrodilladas en cojines individuales y sentadas en cuclillas o en reclinatorios con sus iniciales. Los chavales delante, en fila, de pie, arrodillados o sentados en el escalón de la tarima dando la espalda a Santa Águeda.

Tampoco había luz eléctrica y la ermita se iluminaba con dos cirios colocados estratégicamente en el altar. La llama era fantástica. Invitaba a hacer apuestas. Soplábamos con maestría para ver quién tenía fuerza desde la distancia para apagar la vela. Conseguíamos que la llama parpadease y lanzara negras y misteriosas sombras sobre los santos del retablo.

 

En esto, se levanta la tía Rosa, la mujer del  herrero y da un pescozón a tu tío Adonís (qepd) al tiempo que le grita:
-Toma, a ti, por ser el más grande.

No sé cómo acabó en rosario. Supongo que con dificultades llegó a las letanías.

Yo lo viví, yo lo recuerdo.

 

Añadido: Amigo José María, te emplazo para que envíes a Noemi una foto de tu abuelo, abuela, o de tu tío Adonis para amenizar estos recuerdos. O de todos tres.

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RECUERDO DECIMOSEXTO.

LAS FERIAS.

SAN PEDRO.  SU FERIA.

Ya he contado cómo el abuelo, y casi todos los paisanos de aquellos pueblos que formaban  el ayuntamiento de Boñar, bajaban cada lunes a la villa. Era un ritual, como ir a misa los domingos.

Había feria. Parece que la tradición se mantiene hasta nuestros días con el devaluado “mercadillo”. Hoy bajan incluso las mujeres. No sé por qué siempre los lunes, y no los martes, se ha de comprar en el  supermercado. Para mí, es aquel gusanillo de antaño y ancestral de los abuelos. “A ver a quién encontramos hoy”. “A ver con quién hacemos la partida”. Los genes perduran por los siglos de los siglos.

 
 

Los lunes de aquellos años eran diferentes. La feria se hacía en la plaza de canto rodado que todos conocimos, a la sombra del NEGRILLÓN, que todavía lo era y del que el abuelo contaba:
-Hijo, ¿ves el negrillón? Pues cuando yo tenía tus años no servía para hacer una aijada.
-¿Tan delgado era?, abuelo.
-No hijo, no. Cuando yo tenía tus años ya era tan gordo como lo ves.
-Jo, abuelo. Refunfuñaba yo por no haberle descubierto antes su ocurrencia. De todas formas, seguía afirmando que yo era el rapaz más listo de la comarca. ¡Qué viejo debía ser el Negrillón!

Negrillon

 
 

Se mercaba de todo en los puestos de embutidos, de legumbres, de verduras. Zuecos, botas, zapatos, zapatillas. Recuerdo con cariño las ringleras de madreñas expuestas a la venta; posiblemente el producto de mayor salida.

Y el ganado. Siempre se bajaba alguna oveja, alguna cabra, algún cerdo y hasta caballerías. Y sobre todo alguna vaquilla, que no tenían intención de vender, pero que hacía bulto y los paisanos se enteraban de cómo iban los precios. La vaca regresaba al establo cada tarde, cansada y con hambre y con la misión cumplida.

 
 

 

Quiero recordar que durante el año había varias ferias en Boñar que sobresalían y dejaban minimizados a todos los lunes. De esto va este recuerdo. Que, además, eran las ferias del ayuntamiento. Las Candelas, San José, San Gregorio, San Pedro, y el Pilar. (¿Había otras?).

Paso por alto las tres  primeras. No tengo de ellas ninguna vivencia especial. Y digo que estos recuerdos no pretenden ser la historia exhaustiva y contrastada de aquellos años. Dios me libre. Son simplemente eso: recuerdos infantiles, con minúscula.

La feria de San Pedro. Recién encetado el verano, recién acabada la escuela, recién empezando las “vacaciones”. Me parece que los chiquillos de entonces no hablábamos de “vacaciones”. Decíamos simplemente “se acabó la escuela”. Cambiábamos la escuela por las faenas de la hierba y más tarde de la trilla. Y siempre del pastoreo con las vacas. Reíros, reíros.

Por San Pedro se compraban las herramientas apropiadas a esas dos faenas: guadañas, rastros, horcas, bieldos (añadir vosotros las que os venga en mente). Por supuesto, trillos. Aparecían  los “trilleros” o “empedradores” (¿se decían así?) que reparaban los dientes que los trillos habían perdido en la campaña anterior. A veces soñaba ser de grande “trillero”, como aquellos hombres que venían de Cantalejo (Segovia), y en cuyo pueblo se dice que “un trillo es una obra de arte escrita en su barriga”.

Y se vendían también las camadas de cerdos que las prolíferas “berracas” habían traído al mundo en la primavera. Eran los que, cebados, darían los jamones y chorizos allá por el mes de diciembre.

 
 

Dos vivencias sobresalen de esta feria. Mientras los mayores hacían sus negocios o tomaban sus vinos, los chavales alquilábamos bicicletas y hacíamos carreras de la plaza a la estación o carretera abajo, creyéndonos Bahamontes, cuando en realidad, estábamos dando las primeras pedaladas. No había peligro de coches. Nadie lo tenía. Don Amable (propietario creo del primer automóvil en el contorno) todavía utilizaba la tartana para visitar a sus enfermos.

Y la merienda de tortilla a la sombra del negrillón o en cualquier rincón fresco. Era tiempo de cerezas.

¡Cómo me gustaban! Me hacía reír el abuelo con aquellos versos: “por una voy, dos vengáis, si venéis tres, no vos caigáis”. Tal como suena. ¿No os acordáis vosotros  lo felices que éramos con lo poco que teníamos?

Yo lo he vivido. Y he disfrutado de aquellos tiempos, cuando las preocupaciones eran mínimas. Si acaso, hacer que durasen las alpargatas. Bien poca cosa.

 
     

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RECUERDO DECIMOSEXTO (II).

LAS FERIAS II.

EL PILAR. SU FERIA.

Ah, la feria del Pilar. Además era fiesta. Hasta la misa adelantaba su hora y el abuelo se ponía el traje nuevo de pana y nosotros la camisa nueva y, no recuerdo, si zapatos o alpargatas. En la plaza del Negrillón seguían los puestos de siempre multiplicados por cuatro respecto a los lunes. Jamones, chorizos, toda clase de embutidos (y mira que los había y los sigue habiendo buenos por estas tierras), quesos, miel, castañas, nueces, avellanas, y un largo etc. Zapatos, botas, zuecos, pellizas y las omnipresentes madreñas.

El ganado ya no cabía en la plaza y la gran feria se sacaba a las eras, donde hoy están los Institutos. Para un  chaval como yo era demasiado.

No obstante, el espectáculo comenzaba temprano en los pueblos. Y los que estábamos  “sin escuela” como yo, nos agolpábamos al lado de la carretera para ver pasar los rebaños (sí, los rebaños) de ovejas, vacas, cabras.

     
Ferias
 

Fue entonces cuando el amigo gritó: “mira, mira qué CABRÓN más grande”. Quedó mudo, quedamos mudos mirándonos de reojo por ver si le había oído el maestro o el cura (era pecado decir según qué palabras), a pesar de que tenía toda la razón del mundo. Era todo un señor macho cabrío, con su cabeza sobresaliendo medio metro, con su perilla, con su cornamenta, con su porte engreído. Y además venía haciendo de las suyas. Para sí lo hubieran querido las cabras de Gredos.

Lógicamente a la feria íbamos todos, o casi todos. La mayoría “mirones de oficio”. A comprar… unos pocos.

Llegados a las eras y después de una hora en medio de aquel laberinto, y habiéndose posicionado todo el mundo con lo que le interesaba, comenzaba el tira y afloja.
- ¿Quién vende esta vaca?  De sobra sabía de quién era.
- Yo mismo, disimulaba el otro. Y se quedaban mirando, como diciendo “a este pájaro le conozco”.
- Te doy tanto por ella.
- No, menos de tanto, nada.

  Ferias.  
 

Madrenas

 

El comprador se retiraba pensando, “ya rebajarás el precio”.  Mientras el vendedor se quedaba sonriendo, “ya subirás la oferta”.

La escena (y como ésta cientos) se repetía cada media hora y las posiciones, aunque se iban acercando, no acababan de coincidir. Pero aquello no era eterno como las conversaciones de ahora entre sindicatos y patronal, entre Gobierno y Oposición. Entonces se resolvían las diferencias más escabrosas en un plis plas. Sin jueces, sin abogados, sin testigos casi.

 
 

Bastaba que terciara el amigo de ambos.
-Ni tú, ni tú.  ¿Verdad que tú quieres vender?  ¿Verdad que tú quieres comprar?  La diferencia al medio, y no se hable más, que nos conocemos todos.

 
 

MadrenasJose

 

Y cerraban el trato con  un apretón de manos y lo sellaban con un vaso de vino en el chiringuito más cercano. Por supuesto, pagaba el vendedor.

Los paisanos seguían su ronda y la vaca pasaba al cuidado del hijo o del nieto encargado de llevarla a su nuevo establo.

 
 

Por aquellas ferias aparecían también los tratantes, los chalanes, en definitiva, los especuladores. Que también los había. Eran los que no querían vacas en sus cuadras, que muchos ni siquiera tenían. Compraban un lote de tres o cuatro a precio muy ajustado y luego las vendían al detalle, lógicamente diez o doce duros más caras. Era su modo de vivir y recorrían todas las ferias del contorno y más allá. En un día ganaban más que un minero en todo el mes (decían). Aunque a veces les saliera mal la jugada y tuvieran que cargar con el muerto durante semanas, si no querían perder dinero.

Así hasta la tarde, hasta el anochecer, cuando las reses no vendidas deshacían el camino hasta sus establos, hasta sus pacederos.

Hasta el lunes próximo o hasta la próxima feria. O hasta el año que viene.

Yo lo viví. Yo lo recuerdo.
 
 

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RECUERDO DECIMOSÉPTIMO.

REIVINDICACIÓN.  LOS ABUELOS.

No sé si esto será un recuerdo de mi infancia, en parte sí; o una reivindicación, un  reconocimiento, un homenaje, más bien.

Me preguntan, me preguntan con insistencia ¿por qué hablas tanto del abuelo? Y yo siempre contesto lo mismo: porque los abuelos dan mucha “cancha”. Y porque yo me crié con él hasta los once años. Y tengo muy buenos recuerdos, y le aprecio como aprecio a todos los abuelos de ayer y de hoy. Será, además, porque yo también lo parezco con mi andar renqueante, con mi gorra de visera que defiende mi más que incipiente calvicie de los fríos del invierno y de los soles del verano, con mi cachava (vosotros le decís bastón) que me da sostén y seguridad.

En cada casa, hasta no hace mucho, siempre había uno o dos abuelos/as a quien poder echar la culpa de cualquier desaguisado. Bien que nos iba. Los asilos estaban reservados para los “pobres de solemnidad” o para los que se quedaban sin familia donde acogerse. Siempre fueron útiles para casos extremos.

Además, si yo quiero contar la historia de mi infancia, qué mejor manera que echar mano de los abuelos. Cuento, además, la historia de muchos de ellos por aquellos años, repetida más o menos. Casi todos hacían lo mismo. Vivían las mismas ocupaciones y trabajos, las mismas alegrías y sinsabores. En los pueblos, cuidaban de sus cuatro vaquitas y su burro, reparaban una presa de riego, regaban una huerta o unas patatas, quitaban unas zarzas, segaban un  poco de alfalfa para el “gocho” o los conejos, ordeñaban, etc. Y contaban las típicas batallitas a sus nietos en las largas noches de invierno, al tiempo que daban sabios consejos a sus hijos que éstos aceptaban o escuchaban al menos, hoy ni lo uno ni lo otro. Bajaban los lunes a Boñar a comprar unas alpargatas para el rapaz. Digo yo.

Me atrevo a nombrar unos cuantos de aquellos abuelos. Sea en honor de todos ellos.

 
 

Abuelos en la iglesia

 

El tío Marcelino, enfrente de casa (era yo monaguillo, cuando muy enfermo, el sacerdote le administró los últimos Sacramentos; yo acompañaba la procesión tocando la campanilla); tío Jesús; tío Segundo (también fumaba en pipa de fabricación casera aquel tabaco de racionamiento, mezclado a veces con  hojas secas de patata y del que decían fabricaba “con demora” los mejores arados de la comarca); el tío Manuel (habíamos entrado en la herrería, nos dejaba manejar el fuelle gigante y ver cómo  atizaba el fuego y se ponía incandescente aquel hierro que luego moldeaba sobre el yunque con un enorme martillo); el tío Argimiro; el tío Moisés (encorvado y apoyado en sus dos cachavas).

 
   
 

Y las abuelas (no soy machista). La abuela Aurora, tía María, tía Josefa, la tía Rosa, la tía Felicitas, la tía Francisca. Y  tantas y tantas otras. ¿Por qué a todos los mayores les llamábamos tío? Misterio. Era un tratamiento de respeto, no el “colega”, el  “tío”, de los chavales de hoy.

Vivían y ejercían su oficio y recibían el cariño de los suyos hasta el último suspiro.

Hoy, aquí comienza el reconocimiento a nuestros abuelos, no siempre es así, por desgracia.  Algunos de ellos (no muchos) son el objeto de usar y tirar. Sí, mientras sirven, ¡qué bien!  Aprovechémosles.

 
 
Cuni, Aurora y Hector
 

Ahora no riegan, no ordeñan, no moldean el hierro ni hacen arados, no cuidan de las vacas. Cuidan de los nietos. Me acabo de encontrar esta misma mañana con un abuelo que me advierte “no diga que cuidamos, diga mejor CRIAMOS a los nietos”. Y “jugaba al football” con un chavalín de seis años, o poco más.

¿No les habéis visto tirar del cochecito hasta el parque próximo? ¿No les habéis visto cargar a sus espaldas la mochila de los nietos camino de la escuela? ¿Y esperar a la hora de salida para llevarles a comer a casa porque el rancho del “cole” no es tan sabroso como los macarrones y las patatas fritas de la abuela?

 
 

Y en vacaciones los niños con los abuelos en el chalet o en el pueblo donde pasarán el verano más frescos y tranquilos. Frescura y tranquilidad la de los padres que además se ahorran el canguro o las colonias. ¡Qué invento los abuelos! Encima, por lo general, se lo pasan “bomba” cuando el cuidado es con mesura. A ciertas edades, lo excesivo cansa. Ya me entendéis.

 
  Ellos siempre han sido, son y serán los mismos. Los que cambiamos somos nosotros o nuestra sociedad. Porque hay unos pocos, y esto me duele, que cuando ya no son útiles ¿qué? Cuando no se defienden, cuando no pueden servirse ni a sí mismos ni a los demás, se les busca “algo”, se les “aparca” en una residencia, decimos ahora, y nos justificamos creyendo que están bien tratados, muy bien atendidos (puede ser cierto, muy cierto). Pero donde les falta lo esencial: el cariño del hogar, de “su hogar”. Les falta aquella voz familiar que cada mañana les saludaba: “abuelo, abuela ¿cómo has pasado la  noche?   Asilo  
 

Les falta aquella mano de hijo, hija que cariñosamente les acariciaba la espalda mientras les bañaban, les vestían o simplemente les peinaban. Les falta el desayuno, la comida, la cena con los “suyos”. Les faltan “sus nietos”.

Por favor, no generalizo. Pueden ser los menos, pero van en aumento.

Repito, este recuerdo quiere ser un  homenaje a todos los abuelos. ¿Qué queréis que os diga?

Yo lo he visto, por eso lo cuento.

 
     

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RECUERDO DECIMOCTAVO.

EL  SAFARI.

Había visto en Llama exhibir un oso vivo. Delante de la casa del Herrero, en la plazoleta que decían el Campín, unos cíngaros le hacían bailar. Más bien soportaba gruesas cadenas  con que iba amarrado y preso.

También había visto, eso sí, exhibir como trofeo algún lobo vivo o muerto cazado en la trampa del lazo o de las escopetas.

Probablemente el lobo era el animal más odiado de los ganaderos de entonces. El más dañino para los rebaños, del que se decía que no mataba para comer, sino por saña, por gusto. Y como tal se le perseguía allí y en toda España. Si hasta en los cuentos que nos narraban las abuelas en las largas noches de invierno casi siempre aparecía el astuto lobo. Nada más tenéis que recordar lo que le pasó a Caperucita. Para odiarle, ¡para tenerle miedo desde la más tierna infancia!

Si habéis visitado Caín en los Picos de Europa os habréis detenido en una de las loberas más famosas: dos vallas de estacas que acaban en cuña monte abajo en un pozo de piedra con una claraboya por donde pretendían huir los lobos perseguidos de perros. Se les perseguía, se les eliminaba.

En Llama, Colle, Grandoso y pueblos limítrofes hubo durante años (siglos) una buena cabaña ovina. Cada vecino era un ganadero al tiempo que labrador. Al lado de la cuadra se alzaba la corte donde dormían quince, veinte, cincuenta ovejas como mucho. El pastor contratado hacía sonar cada mañana la trompeta, el cuerno como señal que comenzaba su trabajo diario, vigilando que el único rebaño del pueblo no comiera el recién nacido trigo y no fuera atacado por el lobo en el monte.
 
Lobo

De vez en cuando se hacían sus cacerías contra las alimañas. Discutían aquella tarde la estrategia a seguir. Le habían divisado por encima de Fresno. “Atarían una oveja con su cencerra en un lugar estratégico y le esperarían con sus escopetas encaramados a una encina”. Fue entonces cuando, con la inocencia de sus seis o siete años, preguntó el sobrino Alfonso:
-Tío Jose, y si viene el lobo y les quita las escopetas, ¿qué? - Pregunta que no hubiera sabido contestar el mismo Rodríguez de la Fuente.

En fin, se optó por la cacería, el safari. Sólo les faltaban las botas camperas, el pantalón corto caqui, el salacot y el rifle. Escopetas sí había. Prohibido los perros, alborotan y espantan la caza. Encerrados y atados en el corral, fue la orden tajante.

 

El día siguiente, domingo, fue tema de conversación y chulería; primero en el portal de la iglesia entre los pocos que asistieron a misa de doce;  más tarde en la cantina entre los muchos que tomaban sus vinos de una.

Se habían reunido en Quintaniella: por la carretera de Grandoso llegaron hasta el Carrizal y campo a través por la Cota, dejan a la derecha el encinar y a la izquierda la ermita de la Encarnación donde alguien murmuró una salve o un avemaría por el éxito de la expedición. Reguero arriba llegaron a Villar donde se organizaron en abanico pensando pillar por retaguardia lo que buscaban.

El frente era ancho, del encinar a la Varga. Con las escopetas en ristre comenzaron la bajada Fresno abajo. Sólo se oían las pisadas que trataban de amortiguar, los tropezones y algún que otro taco que los otros acallaban con un  chiiist. En cada sombra de espino se imaginaban un fantasma; del lobo ni rastro.

Cuando ya llegaban a lo que llaman el Apartadero, a pesar de la negrura de la noche, ven algo que se mueve y alguien dispara dos tiros. Sí les llamaba la atención que así como la cabra tira al monte el lobo tuviera la querencia de refugiarse  en el pueblo.

 
   
 

Fanfarroneaban cuando de un  rincón sale la voz de Tino:
-Mucho lobo, mucho lobo, pero mi perra “Cachula” apareció esta mañana arrastrando una pata.

Silencio en la sala, algún velado murmullo, alguna contenida risa. Todos habían oído los disparos, todos habían visto las ráfagas, pero nadie había disparado. Sólo uno pensaba para sí, ufano: “por una vez di en el blanco”.

Mastin
 
 

“Cachula”, dando otra muestra de fidelidad al amo, se había zafado de la cadena que la tenía prisionera y había salido a su encuentro, a colaborar en el safari. Ahora se debatía entre la vida y la muerte.

La mitad de este escrito es historia viva. Yo mismo de pequeño había tenido odio y miedo al lobo cuando atravesaba el encinar, montado en el burro y siguiendo a las cuatro vaquillas del abuelo desde Fresno al establo. La otra mitad fantasía de los que me lo contaron. ¿Lo creemos? Vamos a ser generosos y digamos al unísono que SÍ.

Yo lo cuento.
 
       

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RECUERDO DECIMONOVENO.

PRIMER ATROPELLO.

 

Delante de lo que fue la escuela de Grandoso en mi tiempo (años l940…) se extendía un simulacro de “plazoleta”, poniendo algo de imaginación, triangular. Diremos que no era una plaza cerrada, al estilo. Si queréis llamadle “campo abierto” no os contradeciré.

En medio de la plaza sobresalía el caño de abajo (había otro calle arriba) más humilde pero de la misma estructura que el de Boñar. En nada tenían que envidiarle con sus dos chorros generosos de agua en invierno y verano, donde Humildad, Nisa y las mozas del pueblo llenaban los calderos y acarreaban el agua para todo el consumo de la casa. Yo iba con el botijo, que más de una vez se quedó por el camino. Hasta el caño llegaba el agua corriente por aquellos años. Mira que tenían cerca el enganche. ¡Cuántos chapuzones “involuntarios” al quitar la vez al compañero para beber agua a “gollete”!

Alrededor de la pila jugábamos a todo en los recreos. Los chavales a las canicas, a las chapas, a la peonza. Las chavalas al “castro”, saltaban a la comba. Y unos y otras nos hacíamos la “puñeta” siempre que podíamos. Ellas pasaban por medio del corro y pisaban sin querer la peonza, pues nosotros pasábamos por el castro y dábamos queriendo un puntapié a la teja que utilizaban de guía. Ellas acababan llorando y nosotros de rodillas de cara a la pared en la escuela. ¡Chivatas!!

Grandoso
 

La carretera, hoy tan hermosa, era entonces de tierra y pasaba bordeando el lado sur de aquel triángulo que yo considero plaza. No recuerdo que nos advirtieran nunca del peligro que suponía para nuestra integridad física aquella carretera. Toda la circulación consistía en el paso del ganado hacia sus pacederos o sus cuadras, y que abrevaban, eso sí, en el pilón del caño. Pasaba la pareja de vacas arrastrando el carro con abono para las tierras en otoño, con hierba o mies en verano, con carbón a veces, con patatas o remolachas. El carro siempre lleno o vacío según los casos y necesidades. Y qué sonido hacía sobre las piedras que encontraba por el camino. De sobra nos avisaba pues venía a cinco por hora. Tiempo había para retirarse, y si no el tío Cosme nos daba con la aijada. Cómo me gustaba ver al labriego cargar el arado sobre el yugo, sobresalir la esteva por encima de la testuz de la yunta, arrastrando el timón por el suelo. De la esteva, a veces, pendía el fardelillo con la merienda de media mañana que el abuelo llamaba “las diez”. Sí, era todo el tráfico, o casi. Y todo pasaba con nosotros “en medio”.

 
 

Ah, en esos años comenzaba a circular un destartalado camión de medio pelo que iba sustituyendo progresivamente a las yuntas de bueyes y sus carretas en el transporte del carbón. Total, cuatro viajes hacia arriba y otros tantos hacia abajo. Bien poca cosa pero suficiente.

De ahí vino el peligro y la desgracia. Jugábamos al “marro”, o al “escondite”, o a “pillarnos” y en estos casos necesitábamos más espacio que la menguada plaza y nos escampábamos por los alrededores. Campo no nos faltaba.
Camion.
 
 

En una de esas el dichoso camión y Andresito (un rapaz dos años menor que yo) quisieron pasar por el mismo sitio a la misma hora y minuto. Nunca supe si el destartalado camión atropelló a Andresito o fue éste quien atropelló al camión. Un desastre. El camión de gasóleo quedó intacto, ni un rasguño más, ya le sobraban.

Andresito hecho una piltrafa en la cuneta. Quedamos anonadados, como el pueblo entero; durante días no se habló de otra cosa. Ya digo que fue el primer atropello en todo el contorno. Si hubiera sospechado el tío Patricio que lo que él tenía de cuadra y de corte sus nietos lo convertirían en garaje….

Aquella mañana creo que fue la primera y última vez que Don Florencio, en su larga vida de enseñante, pudo dar su lección, sus recomendaciones, su sermón sin que se oyera un resuello. No sé si era tiempo de moscas, supongo que sí (en los pueblos las hay siempre). Seguro que hubiéramos oído su vuelo en aquel silencio.

 

 

Andresito regresó de León a los días y le íbamos a visitar en su lecho de dolor, viéndole escayolado de pies a cabeza y “semicolgado” del techo de la habitación. Un espectáculo.

El maestro nos señalaba qué lección de la Enciclopedia le tocaba cada día; seguro que no abría el libro; si no podía el pobre, como estaba crucificado y colgado.

 
Andresito.
 
 

Su abuela (la tía Lucila) nos preparaba la merienda y nosotros permanecíamos a su lado hasta que se acababan las sabrosas galletas caseras. Para mayor escarnio, desde la ventana de la habitación en que permanecía inmóvil, sentíamos y veíamos pasar el camión, que Andresito maldecía, y que además, tocaba la bocina para que de aquella esquina de su casa no saliera otro rapaz perseguido y embalado. Claxon que nosotros interpretábamos como un cachondeo: “pa que aprendáis”. Doble, triple maldición de todos los que compartíamos merienda.

Yo lo viví, yo lo recuerdo.

Aclaración:
Como podéis comprobar los que conocisteis el Grandoso de antaño, las fotos del caño y del enyesado Andresito no son auténticas. Y ¿el camión? Tampoco. Si las hemos colocado, es para que os hagáis una idea. En “mis recuerdos”, más de una vez hemos tenido que acudir a fotografías apócrifas.

Aclaración 2 (por Noemi):
Los que sigáis el foro ya sabréis de sobra que por fin, la foto del caño es REAL, gracias a Álvaro García Alonso, de Grandoso. Los que no lo sigáis, ya estáis avisados.

 
       

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RECUERDO VIGÉSIMO.

OFICIOS.

 

Ya he contado cómo nuestros pueblos, de siempre, se sostenían con la agricultura y la ganadería. De siglos fue su modo de vida y de subsistencia. Sembraban tierras y recogían sus cosechas. Criaban vacuno y ovino y porcino que les proporcionaban el alimento de cada día. Durante años (¿ciento y pico?) la minería del carbón también les proporcionó sus sueldos, aunque exiguos. Colle y Llama, Veneros y Grandoso, Felechas y Vozmediano y otros pueblos del entorno vivieron su apogeo por los años cincuenta del siglo pasado, al menos en población, en habitantes. Las cantinas eran un  hervidero cada tarde, cada día de fiesta. Había gente. Todo ha desaparecido, o casi todo. De la agricultura, ni rastro; de la ganadería, bien poco. 

¿Todo, entonces, ha ido a peor? No. Es triste ver los pueblos en invierno casi sin  gente. Pero da gusto ver que han surgido casas, viviendas modernas y hermosas, con todas las comodidades. Sin orden ni concierto, todo hay que decirlo. Y las viejas han sido reformadas; las cuadras, cortes, horneras han sido reconvertidas, irreconocibles para nuestros padres, no digamos abuelos. Los descendientes de nuestros antepasados conservan su querencia y tiran hacia pueblo, al menos en sus vacaciones, o cada fin de semana los que quedan más a mano.

Sí, nuestros pueblos eran ganaderos y labradores por excelencia. Pero ¿había otros oficios menores? De esto va mi recuerdo. Citaré unos cuantos.

La herrería. En Llama y Grandoso yo conocí dos herrerías y sus correspondientes herreros. Herrerías humildes, sin pretensiones, pero que hicieron historia. Cuántas veces entramos la “chavalería” en la de Grandoso a calentarnos con los amigos de la casa; a darle al fuelle; a escuchar el chisporroteo del fuego y del hierro en ascuas; a ver cómo se reparaban las rejas desgastadas de los arados, las azadas, los picos; y cómo se moldeaban las herraduras para las caballerías y los “callos” para las vacas, sobre el yunque. ¡Qué miedo aquellas chispas! A veces se atrevían con objetos más sofisticados: un cerrojo, una reja de forja. Aquellos herreros eran artesanos admirables que desaparecieron y con ellos la fragua. Una lástima. Parece que la herrería de Llama se conservó durante un tiempo gracias al amigo Paco, (bueno, amigo de mi hermano Mino). Ya no se cava, no se ara, ya no hay vacas ni caballerías que herrar. Pero queda en mi memoria aquel oficio.

yunque para la fragua
 

El herrado del ganado. Veo al abuelo llevar a la pareja de vacas hasta el potro para su herrado; y al experto con la gubia limar, quitar las asperezas del casco, dejarlo listo para colocar el callo una vez moldeado éste, clavar aquellas puntas casi cuadradas que encajaban perfectamente en el agujero, también cuadrado, del callo o herradura y remacharlos por fuera del casco. Un “zapato” a medida. Era un oficio que practicaban casi todos los lugareños con sus reses, asesorados, a veces, por los más expertos. Había potros comunales, pero los había particulares en el corral de casa.

Carpintería. Siendo yo chaval no conocí en el pueblo ninguna carpintería que pudiera llamarse así. Pero siempre había alguien más mañoso que trabajaba la madera en el portalón de casa (como el Sr. Antonio Baro en Colle que además, dicen, era un consumado albañil o cantero). Y no sólo hacían tarucos para las madreñas, sino que se atrevían con los tableros del carro (les llamaban “sardos”), con los “armantes” para la hierba, cambiaban la puerta desvencijada, fabricaban la “sarda”, grada le decían otros, con las gruesas cuchillas que habían encargado al herrero; incluso no les hacía ascos el arado romano completo. Uno de estos carpinteros de pueblo, posterior a mi infancia fue el Sr. Avelino. Me han confirmado que incluso, en ebanistería fina. Como prueba de ello pueden pasar por lo que es nuestra casa solariega; la puerta es obra del Sr. Avelino, y se mantiene con los años.

 
Cardas.

El hilado de la lana. Las ovejas se esquilaban comenzando el verano, cuando aquel abrigo empezaba a molestarlas. Contemplé y ayudé al abuelo y sujeté (pienso yo) a la oveja sobre el banco, mientras él, con unas tijerazas enormes iba separando el vellón y de vez en cuando las dejaba la señal en forma de pellizco sangrante que curaba con no sé qué pócima.

La lana era utilísima entonces. Se vendía parte y algo quedaba en casa, de la que se encargaban las mujeres a partir de ese momento. Venía el lavado en el río o en el lavadero y en las largas tardes y noches de invierno, cuando no se salía al campo, la lana se iba transformando. Primero se cardaba; estoy viendo a la abuela Aurora, estoy viendo a mi madre y a mis tías colocar la vedija sobre las cardas (aquellas dos tablas llenas de puntas de hierro) y restregarlas de forma repetitiva y con arte hasta dejar una bola blanca, algodonada, esponjosa.

 

A continuación se hilaba. Colocaban los copos de lana fina sobre la punta de la rueca, que las mujeres sostenían dentro de refajo, y valiéndose del huso, la iban convirtiendo en hilo mientras, a veces, rezábamos el rosario. ¡Con qué cariño tiraban de la lana, con qué energía hacían bailar el huso! Y en ovillos esperaba a convertirse en calcetines, en jerséis, en mantas, que también era oficio de mujeres tejedoras. Me cuentan que la tía Natis de Colle era una fantástica tejedora.

Oficio de mujeres; aunque había visto al tío Martín, con sus cinco agujas, elaborar unos hermosos calcetines. Quiere decir que los hombres también tejían. He soñado al abuelo manejar con sus torpes manos las cinco agujas.

Las modistas. Entonces en el comercio se compraba un corte de tela y el sastre te confeccionaba el traje o los pantalones. No conocí ningún sastre en el pueblo. Sí modistas. Las hermanas Pura en Grandoso y Eloína en Colle lo eran. Las mujeres llevaban el corte de tela y ellas tomaban medida, cortaban, cosían y  dejaban a las mozas hechas un  primor con aquella falda o con aquella chaqueta. Parece que hasta daban clase y las jóvenes hacían sus pinitos de modistillas guiadas por la maestra. No es broma decir que, además, yo estrené más de una camisa hecha por mi madre, y no era ninguna modista. La necesidad, la carencia agudizaba los ingenios de aquellas gentes, aunque el cuello de la camisa quedara un poco estrecho, o un poco ancho. El oficio de coser sin  ser modista era pan de cada día. Como el remendar.

Anuncia hilando.
 
  Pregunta a los jóvenes de hoy, ¿sabéis qué significa remendar unos pantalones, una chaqueta, una camisa, unos calcetines, una sábana? ¿Lo habéis visto hacer? Suspendidos todos.  

 

Cesteria.

La cestería. No era un oficio de gente fina, fina. No era un oficio con el que se ganaran un sueldo. Pero casi todos los hombres sabían hacer un cesto más o menos curioso. Nadie compraba un cesto, lo fabricaba. Y mira que el cesto era uno de los utensilios más comunes y valiosos. Con él se recogían las patatas o remolachas en su tiempo, se buscaba unos troncos para la lumbre, se llevaba un puñado de hierba para el pesebre de la vaca. Menos para buscar agua en la fuente, servía para todo. Siempre tenía que estar a mano el cesto. Y lo fabricaban los hombres con aquellas mimbres sin pulir que habían cortado con esmero en otoño, o en invierno. Fácil de tejer por manos habilidosas. Los imagino sentados contra la pared o sobre un madero con el cesto casi terminado entre las piernas y diciendo satisfechos y orondos a su gente: “ahí lo tenéis”.

 
 

Termino, no sin recordar que también hubo barbero. Mi padre venía con la cara fina una vez a la semana, cuando bajaba a Boñar. Pero también le había afeitado en los Cuarteles el que fuera practicante. Y me consta que, en Llama, Ovidio fue durante años el barbero de alguno de mis hermanos. Como el padre de Ovidio y Marcelino había sido también barbero en Colle. A pesar de que los hombres, por lo general, se afeitaban en casa con las navajas barberas. El pelo, alguien tenía que arreglárselo. Y, mira por donde, alguien sabía hacerlo.

¿Había otros oficios? Vosotros mismos.

Todo esto yo lo viví, yo lo recuerdo.

 

Nota. Como de todos los recuerdos que escribo, también sobre éste se admiten comentarios, aclaraciones, correcciones, críticas (no muchas, por favor). Que tu tatarabuelo fue carpintero, o cantero, o esquilador de ovejas, pues nos lo dices. Que la abuela o bisabuela hacía unas mantas de lana de ensueño, pues eso. Lugar para vuestros comentarios lo tenéis. El FORO es buen escaparate para saber vuestras cosas y nuestra historia. Y si no Noemi encontrará un  rincón bien legible, bien visible.

 
       

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RECUERDO VIGÉSIMO PRIMERO.

DE ROMERÍAS Y PROMESAS.

 

Costumbres ancestrales. Muchas aún perduran. Peregrinaciones, romerías y promesas.

Mahoma invita a los suyos a peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida.

Lourdes, Fátima, Roma son otros tantos puntos de peregrinación. Cada primavera Almonte se llena de romeros. Covadonga, Montserrat, el Pilar, la Virgen del Camino.

Cada vez que recorro las carreteras de Logroño, Burgos, Palencia, León hacia el pueblo me va guiando la concha de Santiago y veo a grupos de peregrinos que cumplen una promesa (¿o no?) haciendo a pie o en bicicleta cientos de kilómetros para llegar casi a Finisterre y arrodillarse a los pies del Apóstol o dar una cabezada en la columna como signo de misión cumplida.

Todo esto me recuerda que a nivel local también se hacían, en mi tiempo, romerías y promesas; y se hacen. La piel de toro que dicen está sembrada de ermitas, capillas, santuarios. Seguro que cada uno de vosotros tenéis en mente uno, dos, tres lugares de romería al lado de casa como quien dice. Llama, Colle, Grandoso también tienen sus santuarios de peregrinación más o menos remotos, más o menos cercanos. No era broma hacer el recorrido hace setenta años a pie o en caballería por caminos carreteros, que no carreteras asfaltadas y en coche.

Recuerdo alguno de estos lugares.

La Virgen del Brezo.
Mi abuela Aurora, porque yo había aprobado aquel primer curso de bachillerato (no sé si dejando pelos en la gatera) prometió que yo, que yo fuera a dar gracias a la Virgen del Brezo en la provincia de Palencia. Juntos, y me parece que con la prima Mari, cruzamos la collada de Sobrepeña hasta La Ercina. Esperamos en la estación y en tren llegamos a Santibáñez de la Peña, desde donde, a pie, hicimos los últimos ocho o diez kilómetros hasta el Santuario. Ya digo que por un camino carretero, más bien senda de caballerías. No sé cómo la abuela resistía aquello. Supongo que la promesa que hizo en mi nombre era el gustillo que sentía ella por hacer este peregrinaje.

 

Parece que cada año había un nieto que tenía que dar gracias a alguna Virgen en algún Santuario. Ya no la dejaban ir sola, pero sí acompañada de sus nietos.

Llegamos la víspera de la fiesta y recuerdo la noche inacabable tratando de dormir en los bancos de madera o en el suelo del salón que era refugio de peregrinos. Me emocioné al día siguiente cuando la abuela me llevó a besar el manto de la Virgen y cuando, después de la misa, nos despedimos con los pañuelos en alto para deshacer el camino a pie, en tren y andando otra vez hasta el pueblo.  Me parece que me olvidé de dar las gracias a la Virgen, aunque me consoló la abuela: “no te preocupes, hijo, ya lo hice yo por ti, tú ya has cumplido con acompañarme hasta aquí”. Yo creo que en esto consistía la promesa, en que yo la acompañara.

La Virgen de la Velilla.
El segundo domingo de Junio. El Santuario se halla entre la Mata de Monteagudo y Otero de Valdetuéjar. Otros pueblos vecinos la consideran suya y organizan sus peregrinaciones cada año en distintas fechas. Aquí el camino desde el pueblo se hacía a pie o en caballería. Cuatro o cinco horas de ida y otras tantas de vuelta. Buena penitencia.

Yo la visité por primera vez ya de mayor y con una ventaja (parece que no le di a la abuela motivos de ofrecerme cuando era niño). Hasta el cruce de Sabero nos llevó Baudi en su taxi. A partir de ahí un par de horas subiendo por el valle hasta Peñacorada y bajando después al santuario. En la misa creo que le pedimos algo a la Virgen. A las dos de la tarde, después de una mañana tan ajetreada, el hambre acuciaba y, bajo unos robles, dimos cuenta de la hogaza, de la tortilla, del jamón, del chorizo, del queso y de la bota de vino. (En estos casos el plato de sopa siempre se salta). Cobramos fuerzas para desandar el camino.

En el grupo éramos más de una docena entre primos y amigos. Había motivo para todo; para cantar, para hacer broma, para sacarnos fotos. Es uno de esos días que te quedan  grabados en rojo, amarillo, verde para toda la vida. De los que con el paso de los años puedes decir: “merece la pena haber estado allí”.

Los Remedios.
El 22 de Agosto la Virgen de los Remedios, a un tiro de piedra, al otro lado de las minas, de la montaña, en las Arrimadas, en Barrillos.

 
Excusion

No tengo especiales recuerdos, aunque he ido repetidas veces de mayor y en coche, pero me consta que el camino se hacía a pie por senderos de cabras (en este caso, más bien de ovejas). Los romeros cruzaban también la collada o seguían la senda de los baldes imitando al carbón y a los mineros. Y me consta que alguien hizo el camino descalzo. Medito el pecado tan grande que debía redimir o el beneficio que había recibido y que tenía que pagar. Pecado o beneficio gordos, porque hasta a los acompañantes les dolían los pies, y eso que ellos iban calzados.

 

Las promesas. Casi siempre se hacían estas peregrinaciones pidiendo algún favor o cumpliendo alguna promesa. Solían hacerlas las abuelas o las madres para que las cumpliesen los nietos o los hijos. Si el niño enfermaba de tosferina se llamaba al médico y se ofrecía a la Virgen para que le curara; si el hijo volvía sano y salvo de la mili, o de la guerra, se prometía que el joven, a la vuelta, llevara un  cirio en la procesión; para que alguno de los nuestros saliera de un inminente peligro, de un  gran apuro la abuela prometía que el camino, o parte de él, se hiciera descalzo, si no de rodillas. Tremendo.

Excursion
 
 

El prometo yo y cumples tú es y era el pan nuestro de cada día.

Pero es que lo hacían todas las mujeres del pueblo. La tía Juana  y la tía Celerina de Colle, la tía Francisca, la tía Rosa, la tía Felícitas de Llama; todas. Y soy testimonio de su enorme fe. Con qué devoción recitaban el rosario. Todas tenían un nieto o un hijo a quien prometer y si no le decían a la vecina: -“va, que te acompaño”-.

Hoy día también se va a las romerías, pero no por fe. Se va en coche, se pasa el día de campo, ¿se visita a la Virgen? Y se acaba en un  buen restaurante de los que sirven copa y puro. Ya no se come la frugal merienda debajo de un roble. 
Las ermitas tenían un apartado especial en la sacristía con  los innumerables exvotos que se   llevaban como signo de agradecimiento por el bien recibido. He visto las cosas más sencillas, más extravagantes, fantásticas, inverosímiles.
La fe, sin duda, obraba muchos milagros.

Yo no he visto milagros, pero sí casos extraordinarios. Y doy fe de que estos relatos son verdaderos. Son historia de nuestros pueblos y de nuestras abuelas, cuando no de nosotros mismos.

Y la cuento.

 
       

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RECUERDO VIGÉSIMO SEGUNDO.

UNA ANÉCDOTA. EL TREN DE VIA ESTRECHA.

He contado en el recuerdo anterior de las peregrinaciones y promesas, cómo con la abuela Aurora, hice la romería hasta La Virgen del Brezo. Y de aquel día tengo esta anécdota que dice mucho de los trenes, de sus horarios, de sus atrasos, de sus incomodidades en aquellos años de posguerra.  Creo que, hasta no hace mucho, aún los más jóvenes lo padecieron y lo padecimos. Y en las ciudades, a veces, los trenes de cercanías tienen sus averías. Antes eran todos, especialmente los de “lejanías”. Aquello era demasiado. Os cuento.

 
 

Santuario

 

Aquella mañana del veintiuno de septiembre, me encontré con un condiscípulo de Taranilla, a quien su madre le hizo cumplir una promesa, la misma que a mí me había hecho cumplir la abuela: dar  gracias a la Virgen por el curso aprobado.

Terminada la misa, sobre unas piedras y a la sombra de unos chopos, comimos los restos de merienda que quedaban. La cena tocaba hacerla en casa, si había suerte. Las mujeres propusieron la hora de bajada a las dos, dos y media; hasta las cinco que tenía la llegada el tren habría tiempo de sobra. Sin peso en los cestos, cuesta abajo, la inercia nos llevaría sin prisa y sin  agobio hasta la estación del tren.

 
   

 

Cuando la abuela y la madre del amigo inician el descenso, a nosotros dos se nos ocurre subir a la cruz en aquella peña.  Habíamos visto a hileras de personas subir y bajar por  la pendiente. “Si está a un paso, si dicen que desde allí el pastor tiró el cayado y fue a parar donde hoy está el santuario, si dicen que se ve un hermoso panorama”. ¿Nos atrevemos? Nos atrevemos. Y les decimos a las mujeres: “ya os alcanzaremos por el camino”. Advierto que no hicimos ninguna promesa previa de subir a la cruz. Pienso ahora que fue cabezonería.

Cruz
 

 

Sí, sí. Cuando a la vuelta de la cruz, y después de varios revolcones, estamos a la altura de la explanada, alguien conocido nos advierte: “el tren pasa a las cinco, y ya son las cinco menos cuarto”. Emprendimos la bajada, embalados, a toda pastilla. No respetamos ni “praos”, ni paredes, ni setos, ni presas, ni sembrados de patatas o remolachas. Menos por el camino, bajamos por todos los atajos.

No sé lo que tardamos, me gustaría averiguar el récord de aquellos ocho o diez kilómetros hechos por dos rapaces de doce años campo a través, como si fuera cross y acuciados por la hora; pero sí sé que, a pesar de la regañina de mi abuela y de su madre, que desesperadas no nos veían llegar y el susto nuestro porque aquella noche nos veíamos dormir sobre el duro cemento de la estación, todavía llegamos una hora antes que el tren y pudimos conocer con calma el pueblo de Santibáñez de la Peña. El tren llegó con “un poco de retraso”.

Os advierto que no nos devolvieron el importe del billete por demora de más de hora y media. Ni nos pidieron disculpas. Ni nadie nos tuvo informados. Encima nosotros agradecidos porque aquella noche dormiríamos en casa sobre cama mullida. Lo merecíamos, después de la noche anterior en la hospedería de peregrinos, de la subida a la cruz ese mismo día, de la carrera a la estación, de haber hecho el viaje en tren sentados en el suelo por falta de maleta. La abuela tuvo mejor suerte, pudo sentarse en el lugar de un joven tan amable y educado como con cara de cansancio y hastío.

 
 

Tren

 

He de aclarar que aquellos asientos eran bancos de madera que posiblemente hoy no fueran dignos de cualquier parque o plaza de nuestras ciudades y pueblos. Del humo y del hollín que despedían las locomotoras de carbón o leña, mejor no lo comento.  Sólo deciros que acabábamos negros. Como tampoco recuerdo el tiempo que tardamos en llegar a la Ercina. Llegamos cuando era noche oscura y a la abuela le dio miedo cruzar la collada.

 
   

 

Nos quedamos a dormir en casa de no sé qué familiar. La abuela tenía “familiares”, más bien conocidos y amigos, por todas partes. Como ella era acogedora con cualquiera, a ella la acogían y le daban posada.

Así eran los trenes de vía estrecha en aquellos tiempos y así de puntuales nuestros “treneros”. Y sobre todo, así de pacíficos y conformistas los pasajeros de entonces. Claro que los viajeros tampoco teníamos mucha prisa por llegar a tiempo. El tiempo, entonces, sobraba. Más bien, no había el agobio de ahora. Aunque de tanto en tanto se oyera algún reniego. Los jóvenes de hoy dirían “es lo que había”.

En esos trenes había hecho el trayecto de Boñar a León dos o tres veces, acompañando a tío Manolo o a mí padre no sé con qué motivo. Y más tarde cuando iba y venía del colegio cada verano. ¡Cómo me gustaba aquel nombre de la estación de Villaquilambre! Y aquel señor con  gorra de plato de color rojo y amarillo que tocaba la campanilla y le decía al conductor con una bandera que era la hora de la partida. Mi recuerdo es de fiesta, y cómo se saludaban hombres y mujeres de toda la ribera (se conocían todos) y se preguntaban por el otro pariente que había quedado en casa, si no por la vaca que se habían intercambiado en  la feria de las Candelas o del Pilar. Parece que todos éramos de la familia. Y me sentía avergonzado cuando alguien preguntaba descaradamente: “éste, ¿qué número hace, Rufino?” O simplemente le adulaban con  el otro socorrido comentario: “cómo ha crecido el chaval”; mientras las mujeres se despojaban del mantón y colocaban la cesta de la merienda debajo de los asientos, y los hombres se quitaban la pelliza para colocarla en el portaequipajes que también era de listones de madera y todos nos soplábamos las uñas para ahuyentar el frío y la escarcha que hasta cubría los débiles cristales del vagón, no digamos los sembrados de remolachas y los “praos” que dejábamos a la vera. No sé si aquellos trenes llevaban calefacción.

Como lo viví, lo cuento.
 
     

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RECUERDO VIGÉSIMO TERCERO.

SOBRE OTROS OFICIOS.

Escribí uno de mis recuerdos infantiles hablando de los oficios menores que en los pueblos se practicaban antaño, con  más o menos arte. Inmediatamente surgieron entre los que me leen comentarios y el nombre de otros muchos oficios que también se practicaban por aquel entonces. Ya contesté que sí, que había estos oficios respetables, pero no cabían en mi recuerdo. No tocaba entonces hablar de ellos. Los practicaban gentes de fuera, no del pueblo propiamente dicho. No sé si algún día lo haré, pero les adelanto, que aquellos chatarreros, hojalateros, afiladores que llegaban de Galicia, trilleros que venían de Cantalejo también forman parte de la historia de nuestros pueblos.

Pero sí, me olvidé, entonces, de un oficio. Y confieso, uno de los más entrañables, porque lo practicaba mi madre, y la tuya, y la tuya, siguiendo la tradición de las abuelas. Era oficio de mujeres. De ¿qué hablo? De la panadería.

 
Caballa

Y no me estoy refiriendo ahora a lo que fue famosa panadería de Llama, allá por los años sesenta del siglo pasado. La regentada por Toño y sus hermanas Marucha y Aurora. Ésta sí era una panadería en toda regla. Madrugaban, hacían el pan y, como a las nueve de la mañana, salía Aurora con la burra del tío Santiago, que decían la “Caballa”, y sus serones cargados de hogazas y de tortas para distribuirlo y venderlo por los pueblos vecinos. Y, ¡qué pan! Y ¡qué tortas!

La panadería ya estaba mecanizada, poco después se mecanizó el reparto y ya lo hacía Toño con la camioneta Citröen. Para Marucha quedaba la plaza de Vozmediano, a donde entonces sólo se podía acceder en caballería. Y Marucha conducía el caballejo, llamado el “rubio”,  hasta cerca de la fuente amarga.

 

Quizás no toca tampoco, pero quiero contaros una anécdota entrañable.

Resulta que en Veneros vivía el padre de los panaderos, el tío Santiago. Y el tío Santiago ya he dicho que tenía una burra (la “Caballa”) y una perra (la “Chata”); animales más listos que muchos hombres de ayer y de hoy.

 
 

El tío Santiago tenía otros quehaceres y no había tiempo para buscar el pan. Se había acabado  en el arcón y a mediodía se tenía que comer y le faltaba la hogaza. El tío Santiago no sabía comer el cocido sin pan. Y menos “la ración”. No obstante se las ingeniaba y tenía la solución en casa.

Citroen
 
 

Enalbardaba a la burra, le terciaba las alforjas y colocaba a la perra a la grupa. Les daba unas recomendaciones al oído a las dos servidoras, le daba a la burra unas palmaditas, y las ponía el “GPS” hacia Llama. Y sí, sí, en veinte minutos estaban ambas recaderas a la puerta de la panadería. La “Chata” daba dos ladridos y salían Marucha y Aurora a recibirlas y acariciarlas. Un mendrugo de pan para la “Caballa” y otro para la “Chata”, dos o tres hogazas en las alforjas y otra vez el “GPS” y de vuelta a Veneros. Los que veían pasar a los dos inteligentes animales por el Alto del Raposo comentaban: "ya tiene pan para comer el tío Santiago". Parece que una hogaza era para Chela y su familia. Este y otros deberes les mandaba el tío Santiago a la “Caballa” y la “Chata”.

Pero si yo quería hablar de la panadería casera.

También temprano, aquel día mi madre estaba por la faena. Voy a contar lo que hacía mi madre, pero podíamos aplicárselo a tía Goya, a la tía Anuncia, a tía Martina, a la tía Cándida de Colle, a la tía Carola de Grandoso. Había que hacer la hornada.

Un oficio trabajoso y que requería su arte. Pero que era mayor la recompensa. Los ingredientes pocos y sencillos: unos cuantos kilos de harina, bastante agua templada, un poco de “hurmiento”, sal y manos a la obra.

En la amasadera (la artesa) se mezclaban con cariño todos estos ingredientes. Se amasaba, vamos. Y cuando la masa estaba a punto se la tapaba con mantas y se la dejaba “dormir”.  Hasta que llegaba la hora de hacer los panes era tiempo de encender el fuego. En casa lo solía hacer mi padre. Leña seca de roble o encina al horno. Qué gozo daba ver el dorado resplandor de las llamas dentro de aquella bóveda hueca y cóncava. A veces me imaginaba que el infierno de que hablaba el catecismo y el cura debía ser algo parecido a aquello.

Calculada la hora se hacían las hogazas de dos a tres kilos que se colocaban sobre la “trébede”, se las tapaba con las mismas u otras mantas y se las dejaba fermentar.

Así, hasta la hora de “enhornar”.

 
 

Era tiempo de barrer el horno. Con unos enormes escobones se colocaban las ascuas en su boca, y ya estaba listo para ir introduciendo los panes. Uno a uno, con las palas de madera de dos o tres metros, se colocaban en círculos concéntricos hasta que se llenaba.

Ahora, a vigilar y esperar a que el pan cociera lo justo, sin que le faltara su punto, sin que se quemara. Ni más, ni menos. Y otra vez con las mismas palas, y sobre todo, con un cariño enorme, con mucho sudor de frente y con una sonrisa de oreja a oreja, la madre iba sacando los panes que colocaba calientes y esponjosos sobre la trébede que les vio fermentar. - No los toquéis que queman- nos advertía.

Artesa
 
 

(También hacía unas tortas caseras que, a veces, la madre emborrachaba con vino y azúcar.  Dos cucharadas de aquella sopa bastaban para ponernos “piripis”).

¿Cuántas horas duraba todo el proceso de la hornada? No sé. Comenzaban a las siete de la mañana y hasta la una de la tarde no estaba la faena finiquitada. La hornada debía durar quince o veinte días en los arcones que en todas las casas había. Y vigilar que los ratones no hicieran un agujerillo por donde sólo ellos entraban y salían, por menos que te descuidaras.

Ah, ese día, además de estorbar, los chavales aprovechábamos. En las brasas que, desde su boca, seguían calentando el horno, nosotros asábamos patatas o cebollas (que no choricillos, como harían ahora). Y qué buenas sabían.

Yo lo viví y lo cuento.

 
       

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RECUERDO VIGÉSIMO CUARTO.

DE COMEDIAS.

Entre los oficios ajenos a aquel recuerdo mío, alguien citó a los comediantes que venían de fuera. Salvador ha contado cómo él había pasado miedo ante una escena del Tenorio que se representaba en el salón de baile del Picón. A mis hermanas les he oído contar repetidamente que habían asistido a represtaciones de comedias en el mismo salón y me cuentan la vida de Manelic en la obra Tierra Baja (Terra Baixa, de Àngel Guimerà).

Esta y otras comedias se habían representado en Llama, cuando aquellos pueblos eran un hervidero de gente, de mineros, de mozos, de chavales y chavalas, allá por los años cincuenta del siglo pasado. Y en aquellos tiempos eran representadas por comediantes venidos de fuera.

No son recuerdos de mi infancia, aunque sí historia de nuestros pueblos. Pero tengo otros vividos cuando yo era un rapaz relacionado con los comediantes.

 

 

Vagamente recuerdo cómo, cuando yo tenía menos de once años, tío Manolo (no sé si  en función de secretario, como director o como simple comediante) se pasaba las horas de las  frías y largas noches de invierno haciendo copias de lo que luego en primavera representarían. Ese año se trataba de la vida de José (el de los doce hermanos de la Biblia). Y conste que hasta nos pedía colaboración a Humildad y a mí para que le dictáramos y así terminar antes las copias de cada uno de los personajes. No había máquinas de escribir en el pueblo, tampoco había amanuenses de oficio; no había modo de hacer tres o cuatro copias de una tacada; todo se hacía a mano y a plumilla, de una en una. Entonces tío Manolo vivía en casa del abuelo, como soltero. Supongo que habría algún otro amanuense de estar por casa en el pueblo.

Aquellas comedias, representadas por los hombres y mujeres de Grandoso, por los mozos y mozas, se hacían en el corral del tío Colás. Como el aforo no era excesivo y la demanda era mucha, tenían que repetirse varios domingos seguidos en el mes Mayo.
  Teatro  
 

¡Cómo quisiera acordarme del nombre y de las caras de todos aquellos actores! Me parece que no se hacían programas de reparto. ¿No quedará alguna mención de estas representaciones en el archivo de la parroquia?

Desde luego, casi una cuarta parte del pueblo tenía algo que ver con aquella función, con aquella comedia, era parte activa. Las otras tres cuartas partes asistíamos ensimismados, boquiabiertos, viendo y admirando a los vecinos-actores desempeñar su papel.  Creo que gentes de los pueblos vecinos asistían y aplaudían el espectáculo.

Por más que estrujo mi cerebro no logro recordar más que unos cuantos nombres de actores, de actrices ni idea. ¡Ayudadme! Entre los pocos que recuerdo y los que me  han soplado parece que intervenían además de tío Manolo, Domingo, tío Santiago, también el tío Ferino, el tío Prudencio, su hijo Macario, Mines, Luís (que hacía de José), como actores. Y como actrices: Encarnación, Leonor, Angelita, Rosario y otras.

Cito este elenco y esta representación porque es la que más quedó grabada en mi subconsciente, pero tengo entendido que cada año se hacía algo nuevo por aquellas fechas. Aquella me impactó, sobre todo, cuando José se enfrentaba a la mujer de Putifar (qué nombrecito). Quizás yo ya tenía uso de razón y saboreaba las cosas.

 

 

Como me impactaba cada año la representación de la Navidad, con la  venida de los Reyes Magos y todo. Esta se hacía delante de la vieja iglesia. Estoy viendo, como si fuera hoy, llegar a pie hasta el portal de la Iglesia (engalanado con sábanas y mantones, preparado para la ocasión, como si fuera el escenario de una aldea) a la Virgen y a San José pidiendo posada que se les iba negando una y otra vez., no sin que se oyera gritar a algún beato o beata del público contra los hospederos: ¡ingratos! No sé si estos gritos entraban dentro del guión o es que alguien creía vivir en los primeros años del siglo I y se consideraba paisano de San José o, al menos, solidario.

 
Teatro
 
 

Estoy viendo el alambre, que desde la casa parroquial llegaba hasta la iglesia, cruzando la calle, portando la estrella y siguiéndola los Reyes Magos montados en burros (que no en camellos). Aquí sí no sé quién hacía de San José o la Virgen. Y menos de Reyes Magos. Pero sí, eran gentes del pueblo, que nos hacían vibrar.

Son otros recuerdos de mi infancia. Y os hablo de hace setenta años.

Yo lo viví, y con gusto lo cuento.

 

Nota primera.
Como nota importante, importantísima, dejadme deciros, porque me lo han  confirmado, que también en los pueblos de Llama y Colle, por aquellos años cuarenta del siglo pasado y en años posteriores, se  representaban obras de teatro en el corral que era de la casa parroquial y en el portal de Camerino. No, si aquellos antepasados nuestros nos daban cien vueltas. Seguro que muchos de mi edad y más jóvenes tendrán alguna reminiscencia de aquellas representaciones, de aquellas fiestas en Llama y Colle, si no es que fueron actores o actrices de las mismas. Me gustaría verlo contado y escrito. Yo no lo viví en Llama y Colle. Lástima.

Nota segunda.
Ante la imposibilidad de encontrar fotos auténticas de aquellas funciones representadas en Grandoso que amenicen este escrito, me permito colocar dos de la obra Tierra Baja, llevada a cabo en el Centro Moral y Cultural del Poble Nou de Barcelona en los años sesenta y donde actuaba Dora Sánchez (en ambas fotos). Como veis, fotos en blanco y negro.

 
   

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RECUERDO VIGÉSIMO QUINTO.

LA MINA,  LOS MINEROS.

Dedico este recuerdo que se asemeja a un poema, a todos los mineros. ¡Qué pretencioso! Aunque lo hice pensando únicamente en los de mi pueblo. ¡Qué le vamos a hacer! Es para todos ellos.

Muy especialmente para mi padre; para mis tíos; para mis primos Fernando, Arturo, Ángel y Floriano; para mis paisanos, Sr. Avelino, Camen y su hermano Argimiro, Aure, Julio, Luís Gaspar, Ovidio y alguno de sus hermanos, Luís, Agustín. Y para tantos y tantos otros. Ayudadme con vuestra memoria y vuestros recuerdos a poner nombre a todos los que fueron y cayeron. Yo (y mis fuentes) citamos solamente a los más allegados, por decirlo así. Sé que hubo muchos, muchos más. De los pueblos vecinos, de los que vinieron de lejos y que dejaron su vida y su salud en las entrañas de nuestro monte.

Se me ocurre que allá en lo alto, a la vera de la peña de San Vicente, tenía que erigirse un monumento bien visible, que hiciera justicia a nuestros mineros. Mientras tanto, pido un recuerdo, no un padrenuestro, si no una oración en cristiano, en árabe, en la lengua que sea, que salga de lo más profundo de nuestro corazón; si existe un Ser Supremo conocerá de sobra todas las lenguas y nuestros mejores sentimientos.

 

Amenizo el recuerdo con minifotos  de algunos de los mineros que cito. Caben las de vuestros seres queridos. Solo tenéis que mandarlas a Noemi, que ella sabrá colocarlas en su debido lugar, y todos les reconoceremos y honraremos.

Y ahora os dejo con mi modesto homenaje a aquellos que nos precedieron.
 
       

 

 

 

 

LA MINA.  LOS MINEROS.

El padre, los tíos, mis paisanos,
Muchos fueron mineros.
Les tocó vivir su vida,
Les tocó vivir su tiempo
Difícil, como todos,
Encantados, por supuesto.
Mineros nacidos en mi tierra,
Mineros venidos desde lejos,
Obreros de otra aldea.
Muchos de ellos arraigaron
Para siempre
Agarrados al terruño de estas sierras.
Unos y otros convivieron,
Compartieron alegrías y tristezas,
Formando sus familias
Con sudores, con trabajos;

Arraigaron en el pueblo
Para siempre.
Y vivieron, y sufrieron,
Y gozaron…, y murieron.

Os he visto salir del pozo
Tiznados de negro,
Mostrando sonrientes vuestros ojos,
Cegados por la luz, por el color
Resplandeciente de la tarde.
Os he visto salir gozosos,
Chistes pícaros contando,
Inventando los apodos
Del amigo, del compadre.
Soportando con humor
Aquel dicho del gracioso,
Aquel golpe de dolor
Marcado en vuestros rostros.
Muchas veces salíais blasfemando
Vuestro argot barriobajero.
Renegando de aquel frío,
De aquella “cárcel” lóbrega,
De aquel inhóspito tormento.
Porque hay trabajos duros
Y peligrosos al tiempo.

Os he visto salir tristes,
Cabizbajos, doloridos,
Del destino renegando.
Rostros serios, compungidos.
En el pozo habíais dejado
Al compañero, al amigo,
Tal vez también al hermano.
Una piedra le mató
Truncando sus ilusiones,
Sus deseos de vivir.
La vida se le acabó.
Ha dejado viuda e hijos,
Ha dejado madre y novia.
Ha dejado para siempre de existir.
Mas quedará en la memoria
Del que fue en la mina socio,
Del que en el bar fue su amigo,
Del que siempre fue un hermano.

Os he visto pasear por las callejas
Jubilados, vuestro esfuerzo,
Rumiando vuestros recuerdos,
Comentando vuestras cuitas con tristeza,
Resguardándoos del frío en el invierno,
Buscando la fresca en el verano.
Enfermizos de por vida,
Los pulmones destrozados.
Con aquella tos perversa, 
Con aquel jadear lento,
Con aquella sonrisa sempiterna
De hombres recios.

Vuestra vida fue tormento
Para madres temerosas,
Para esposas que esperaban
Cada día con paciencia,
Cada instante con zozobra,
Ver llegar vuestro regreso.
Dejad que os cante mi sentir,
Dejad que os tenga en mi recuerdo.

Mi padre, mis tíos, mis paisanos,
Muchos fueron mineros.

   
Rufino
 
Fernando

Rufino

 

Fernando

 

 

   
Avelino
 
Angel

Avelino

 

Ángel

 

 

   
Arturo
 
Goro

Arturo

 

Goro

 

 

   
Floriano
 
Floriano

Floriano

 

Ovidio

 

 

   
Angel
 
Pablo
Ángel
 
Pablo

 

 

 

 

 
Aure Leopoldo_Teodomiro
Aure
Leopoldo y Teodomiro
 

 

 

 
Minas
 

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RECUERDO VIGÉSIMO SEXTO.

PERSONAJES  ENTRAÑABLES.

Tenía escrito este recuerdo desde hace meses. No me atrevía a publicarlo por si podía herir la susceptibilidad de alguien. Ahora me atrevo. Después de haber leído recientemente el capítulo dedicado a estas personas (la señora Oliva es su protagonista) en el libro "La memoria del carbón" del escritor Leoncio García Rodríguez, me siento empequeñecido; pero no puedo dejar de agasajarlas en nuestra página de Llama, aunque sea con este minúsculo granito de arena. Ya veis que "mis recuerdos" son pequeñas pinceladas (anécdotas, más bien) de la historia de nuestros pueblos. Y ésta es una de esas historias (puede que una de las más importantes y serias, verídica, real). No soy escritor, tal vez un poco cronista y tengo mucho de atrevimiento. No he hecho entrevista alguna; tampoco investigación. Simplemente son eso: recuerdos, vivencias de mi infancia. Tengo que confesar que en las frecuentes reuniones familiares lejos del terruño hablamos del tiempo, antes de cómo nos iba en el trabajo, ahora de cómo nos va en la jubilación, por supuesto de nuestras propias "goteras". Pero seguro, seguro que acabamos en Llama o Grandoso, hablando del presente y; sobre todo, como buenos abuelos, del pasado. Contamos nuestras "batallitas" y de los que fueron nuestros vecinos, nuestros paisanos. Y nos acordamos de aquellas gentes, de aquellas penurias, de aquellos momentos felices, que de todo había.

Me quiero referir en este apartado, con todo el respeto posible y admiración, a unos personajes, que en mi niñez, fueron famosos en Llama y su entorno. Me estoy refiriendo a las "carboneras". Siento que, a veces, tuvieron "mala fama" (hoy diríamos "buena fama") simplemente porque fueron las únicas que supieron y se atrevieron a enfrentarse a la autoridad establecida y a la guardia civil, también de entonces.

Habían sufrido en sus carnes y de los suyos la Guerra Civil que tantas cicatrices sin restañar dejó. Sufrieron en sus carnes la persecución de aquella Guardia Civil de posguerra que había llegado a matar sus burros, medio de transporte, de subsistencia  para ellas. Hoy serían llevados ante el juez. Son otros tiempos los nuestros; ni más fáciles, ni más difíciles, sí más justos, distintos.

Terminada la guerra civil del treinta y seis, los años cuarenta y cincuenta del  siglo pasado fueron de miseria, de hambre, de necesidades. Sobre todo en las ciudades. No tanto en los pueblos de provincia donde casi nunca faltaba un mendrugo de pan, unos fréjoles, unas patatas o un vaso de leche. Aquellos pueblos eran, además, ganaderos y quien más quien menos tenía una vaquilla  y un huerto donde sembrar unas legumbres o unas patatas y criar unas gallinas o unos conejos. No faltaba nunca el gocho en la pocilga que proporcionaba las calorías en forma de chorizos, jamones, tocino, y morcillas que alegraban el cocido de cada día. Pero que hubo necesidad, necesidad, os lo aseguro.

Por eso existieron los estraperlistas. Gentes, que muchas veces, sí se hicieron ricas incluso abusando de la miseria ajena.
No fue el caso de las personas de que os hablo. Puedo asegurar que vivieron, que sufrieron, que trabajaron, pero que no se hicieron ricas. Mujeres honestas, trabajadoras admirables, que recordadas hoy, con la perspectiva del tiempo, de la lejanía, las considero excelentes madres y esposas, excelentes mujeres. No eran de las que se quedaban mano sobre mano esperando la caridad de otros. El pan se lo querían ganar ellas con su trabajo, con el sudor de su frente ennegrecido con el polvo del carbón.  Dignas, repito de un sentido recuerdo y admiración.

Las "carboneras". Las veía pasar muchas mañanas por Grandoso, tras su recua de burros cargados con dos o tres saquillos de carbón, camino de Boñar, donde casa por casa, o por encargo, lo vendían para aumentar de esa forma el exiguo sueldo de sus maridos. Parece que los caminos que recorrían eran infinitos, como los pueblos donde vendían su mercancía.

Pasaban puntualmente, de nueve a diez de la mañana hacia abajo y regresaban con los sacos vacíos sobre las dos de la tarde. Quizás con las alforjas llenas de algún encargo que los vecinos las hacían, con unas zapatillas nuevas, y siempre con unas perrillas de más en la exprimida cartera. Con sus rostros felices por el deber cumplido.

Otros las habían visto cada tarde llenar sus sacos en las escombreras; donde, entre los deshechos, quedaban piedras de carbón. O bajando a los pozos o entrando en las galerías ya explotadas y abandonadas en el monte, con el peligro que ello suponía. O quizás, sisando algo de las parvas o vagonetas que se ponían a tiro, esquivando a los guardias y a los guardas.

En realidad no era sisar algo que no les perteneciera de algún modo. Aquel carbón de las parvas o de las vagonetas estaba allí, gracias al esfuerzo, al sudor de sus maridos, de sus hijos, de sus paisanos. Estaba allí porque salía de las profundidades de su tierra, de su montaña, de su pueblo y de algún modo se lo "llevaba" gente extraña.

Los amos, desde sus despachos, bien calentitos, se llevaban la mejor "tajada", mientras la gente del pueblo veía pasar ante sus narices las riquezas de las entrañas de sus montes sangrados, deshechos. Todavía hoy miro esas heridas y me estremezco.

Para el pueblo las migajas, si es que llegaban.

Lo recuerdo para hacer un canto de alabanza a aquellas mujeres dignas, para mí, de consideración. Las "carboneras" fueron unas mujeres valientes. ¿Las recordáis?

Yo sí las recuerdo.
 
   

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RECUERDO VIGÉSIMO SÉPTIMO.

ANÉCDOTAS  MENORES.

Quiero contar algunas anécdotas menos importantes de nuestros pueblos, que forman también, de algún modo, mis recuerdos de infancia y sobre todo, son historia viva de aquellos lejanos tiempos en que la vida corría tranquila, corría despacio y los relojes (si es que los había, ya he dicho en más de una ocasión que en aquellos tiempos nos regíamos por el pitido de San Pedro, a las ocho de la mañana, a las doce del mediodía y a las cuatro de la tarde) no acuciaban a las gentes. Desaconsejo su lectura a los “no amantes” del pueblo, a los que buscan grandes historias y proezas. Doy por sentado que nuestras humildes aldeas no eran escenario de grandes acontecimientos, sí de minúsculos detalles que grandes y pequeños (sobre todo pequeños) vivíamos y hoy recordamos con pasión y con nostalgia.

Dejad que os cuente nuestras pequeñas “batallitas”.

 

 

La nieve.

Nevaba en aquellos tiempos. O, por los menos, no teníamos los medios de sacarnos la nieve de encima durante días o semanas. O se “espalaba” o se permanecía  en la cocina. Menos mal que en los pueblos, no faltaba en el arcón la hogaza de pan, en la bodega aquel montón de patatas, en la despensa el saco de fréjoles o garbanzos, en la hornera el varal con sus correspondientes ristras de morcillas, chorizos y jamones, sí señor.

 
Nieve
 
 

Pues bien, al calorcillo de la chapa, en más de una ocasión (y ésta es una de las anécdotas, triste y a la vez esplendorosa por el final feliz) había oído que a aquel minero le sacaron a hombros, porque en medio de la blancura perdió el camino; había caído atollado en la cuneta y tuvo la ventura de que alguien le viera en apuros, o su compañero de fatigas tuvo mejor suerte y había llegado a la casa más próxima a pedir auxilio. Y los vecinos habían salido en tropel con palas, mejor armados, y sobre todo con fuerzas suficientes para salvarle. Los mayores que me leéis, podéis poner nombre a aquel minero atollado, o a aquel paisano aterido en la cuneta por el frío, cubierto de nieve. Y salvado. O bien, cómo la pareja de bueyes del tío Vicente, dos o tres veces en invierno, asistieron al coche de línea que no pasaba el Camponicio, o le ayudaron a cruzar Quintaniella. También las parejas de Grandoso hacían de tractor-grúa en el alto de la Cota. Parece que a partir de ahí hasta Boñar y más allá era coser y cantar. Pan comido.

Me cuentan que más de una vez, alguien salió de casa para ir a trabajar a la mina de San Pedro o vecinas y a duras penas había llegado a casa del tío Argimiro o, por el Pedregal, a casa de tío Goro, dada la ventisca y el grosor de la nieve. En aquellas frías y desapacibles mañanas la tía Anuncia o tía Martina, ocupadas en hacer la cazuela de sopas para el almuerzo y sabiendo de qué iba la cosa, no quitaban el ojo de la ventana, limpiaban la nieve y el vaho de los cristales empañados y observaban. Hacían entrar al minero hasta la cocina y mientras se calentaba, secaba la mojadura, le convencían de que no era día de mina, de salario, ni de puñetas. Dos horas le habían costado aquel paseíllo de apenas quinientos metros. Me estoy refiriendo a alguien muy próximo, a alguien de la familia. Esto pasaba en aquellos tiempos. Seguro que alguien vive todavía para corroborarlo y contarlo en primera persona.

 

 

Cuidando las vacas.

Los chavales ayudábamos en los quehaceres ordinarios. Sobre todo, cuidábamos las vacas en los “praos” cuando salíamos por la tarde de la escuela. Nos gustaba, recuerdo, con especial simpatía, el tiempo de “sanmiguel”, cuando las propiedades particulares dejaban de serlo y, decíamos, se “andaba todo”. Íbamos con las vacas para Riazo, para la Vega, para Trescasa, para Fresno y desaparecían las sebes, las trancas de las carrileras; por un par de meses, hasta que el ganado se estabulaba por el frío y la nieve, todo era de todos. No había que “aquedar” a las vacas.

 
Vacas
 
 

Nos fastidiaba que algunos labriegos sembraran aquella tierra de remolacha, que algunas vacas espabiladas olían aunque la golosina estuviera en la Loma, a un kilómetro de distancia. Y como se enviciaran mal asunto, de nada servía la “tranca” que le ponían al cuello. Había visto a la “ratina” echársela al hombro y correr por aquellos caminos y senderos en busca del apetitoso manjar.

Era entonces, en aquellas tardes medio desapacibles del otoño, cuando los chavales nos juntábamos en grupo y jugábamos a la “luche”, a los “petos” consistente en  clavar una estaca con toda nuestra fuerza al lado de la del vecino cuidando de que no cayera, pues pasaríamos un turno viendo cómo el “enemigo” se ensañaba contra nuestra estaquilla (definición de Spectante). En los días más fríos y crudos hacíamos lumbre al resguardo de un ribazo o de una pared. Y al rescoldo de las brasas asábamos patatas. Así como nos fastidiaba la tierra sembrada de remolacha, tentación para el ganado, nos encantaban las tierras sembradas de patatas, tentación para los críos. Siempre había una a mano, y era de alguno de los zagales con los que compartíamos trabajo, juego, frío, y a veces, hambre. Y si no era, mejor.
                                
A pesar de todo el cuidado que poníamos en que no se notara la sisa en el surco, siempre teníamos que escuchar el comentario del paisano a la salida de la misa el domingo más próximo: “ya los chavales fueron a las patatas de mi finca”. Siempre se enteraban, aunque nunca nos lo reprochaban en serio (¿o sí?); total, media docena de patatas más o menos, no eran gran cosa. Y puede que uno de los que sisaron las patatas fuera su propio hijo. Nosotros bajábamos la cabeza como si no hubiéramos escuchado nada. Vamos, que nos hacíamos el sueco. Y si el patatal era el nuestro, no digamos.

Durmiendo las gallinas.
Actualmente no se ve una gallina por las callejuelas de los pueblos. Dicen que está prohibido. Se han de tener enjauladas y hasta “censadas”. Además, casi no quedan casas habitadas, por tanto ni gallineros. Es más fácil comprar en el súper una pechuga de pollo ya pelado y una docena de huevos envasados y limpios, aunque no sean como los caseros. Un par de huevos fritos de los de antes tenían más color y, sobre todo, mejor sabor. Además, venían del nidal a la sartén.

 

 

Antes sí. Hasta hace bien poco cada casa tenía su gallinero y su docena de gallinas ponedoras. Mucho más cuando yo era un chaval. 

Las gallinas se levantaban al alba y se entretenían alrededor de la casa hasta la hora del desayuno que la dueña les daba una o dos horas después. Momento que aprovechaban las mujeres para saber si tenían huevo poniéndoles el dedo en cierta sálvese qué parte.

Ésta cacareará a media mañana, se decían. Porque la gallina es fanfarrona de por sí y anuncia que ha puesto un huevo, dónde y cuándo.

 
Gallinas
 
 

A partir del desayuno las aves se escampaban por doquier. En Llama subían al Torcidiello y hasta lo alto de la Mata; en Colle hasta el Apartadero y Fresno, o a lo alto de la iglesia; en Grandoso hasta más allá del cementerio en el barrio de abajo, o en el de arriba hasta le ermita de la Encarnación. Siempre escarbando en el sembrado ajeno y dejando las plumas en el prado más próximo, con el consiguiente disgusto del amo.

Por detrás de la escuela de Llama y Colle campaban, entre otras, las gallinas de Teodora, y éstas eran la tentación de los chavales. Unas migas de pan bastaban para que vinieran casi a la mano. Las cogían, las metían la cabeza bajo el ala, las daban dos meneos y suavemente las colocaban en el suelo y a “dormir”. Las pobres gallinas pensaban que había llegado la hora del atardecer y del palo en el gallinero.

Teodora las echaba en falta a la hora de la cena. Imposible que no oyeran el “pita, pita”. ¡Si bajaban volando desde la peña de San Vicente! “Ya me las han dormido los de siempre”, decía malhumorada. Y los de siempre solían ser, entre otros, Mino y Marcelino. 

Yo lo viví, yo lo cuento.

 
   

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RECUERDO VIGÉSIMO OCTAVO.

HISTORIA DEL PASADO.

Como veréis, los que tenéis a bien leer estos comentarios, el de hoy no forma parte de “mis recuerdos” de infancia. Esta historia sucedió a principios del siglo pasado. Nada menos que hace cien años. Pero tantas veces la he escuchado que casi me parece haberla vivido. Internamente, me siento protagonista. Protagonista pasivo viendo y riéndome con las escenas de otras épocas.

El abuelo tuvo unos cuantos hijos; vaya, que eran familia numerosa, como casi todas las familias de entonces. Y uno de esos vástagos le salió extremamente travieso, “atravesado”, decía él. Yo diría más bien “arriesgado”, “espabilado”, valiente para aquellos tiempos; que con la cuadrilla hacía sus fechorías. A veces se pasaba. Como nos hemos pasado todos alguna vez. ¿O no? Tira la primera piedra, si te atreves.

 

 

Había en el lugar una poza, laguna decíamos, de unos cincuenta por cincuenta metros, no más; pequeña, fangosa y con agua de lluvia en primavera y casi seca en verano. ¡Qué cosa! Ya no queda ninguna poza y las fuentes parece que se van secando. Yo la conocí; estaba a diez metros de lo que hoy es casa de Álvaro; al otro lado de la carretera vieja de lo que entonces era el Casarón, hoy casa de Humildad, donde pastaban con frecuencia las vacas que yo y mi perro cuidábamos. Aquel día sí tenía agua y mucho fango. La burra del tío Benito comía pacíficamente la hierba alrededor de la charca, cuando fue avistada por los desaprensivos rapaces que tuvieron la idea macabra: instigaron, empujaron al animal hasta medio del lodazal donde quedó “estacada”, atollada,  de tal manera que no había modo de rescatarla.

 
Candido
 
 

Por aquellos años la escuela estaba regentada por un maestro de pueblo, pueblo; y que además era del pueblo o por lo menos allí murió con muchos años. Como era la hora del recreo se acercó Don Maximino, avisado por el primer soplón, pues la escuela quedaba a cuatro pasos, y era hora de recreo. Se acercaron también los vecinos más próximos y entre todos encontraron la solución, por llamarla así. Parece que el maestro sabía lo suyo de Matemáticas, de Gramática y de Historia (los demás, ni siquiera eso) y poco de rescatar a un cautivo. 

 

 

Uncen una pareja de vacas, atan al pescuezo de la burra una soga y el otro extremo al yugo de la yunta y consiguen lo previsible en estos casos: “esgañar”, ahorcar a la pobre acémila. Susto de todos y no sé si arrepentimiento de los chavales. La cual cosa no podía quedar así.

El tío Benito pidió indemnización, que tenían que pagar a escote los cuatro o cinco  padres de los malandrines causantes del “burricidio”, cuando era el maestro quien debía pedir perdón “de rodillas, con los brazos en cruz y dos ladrillos en cada mano”, por no saber que a un animal con  la soga al cuello fácilmente se le ahorca, no se le salva (se justificaban los mozuelos). Pobre don Maximino, no merecía castigo tan grande, a pesar de que él lo pusiera más de una vez, respaldado por los mismos padres de los supuestos estudiantes. Merecía más bien un monumento en la plaza de la escuela, al lado del caño, por lidiar con  aquella pandilla de gamberros.

 
Demetrio
 
 

Ah, no acaba aquí la historia. No sé cómo reaccionaron los demás padres, sí cómo lo hizo el abuelo.

-Mañana temprano vas al Soto y cortas y me traes una vara de “salguera”. La tienes en casa a la hora de comer.

El chaval que se olió lo que le vendría encima, hizo oídos sordos. La orden se repitió para la cena con el mismo resultado. Siempre había una excusa. Sí tuvo efecto el tercer día y al tercer ultimátum. A la hora de comer se presentó el rapaz con la vara, pero de quince centímetros de larga. No era apta para el fin que se había propuesto el abuelo. Las risas de la abuela descompusieron al marido ya más apaciguado y consciente que tenía que pagar las costas del rescate y ahorcamiento de la cabalgadura al tío Benito. El abuelo logró enviar a su díscolo hijo a los frailes para que le “domaran” y enseñaran a leer y escribir al menos.

Su hijo aceptó la vocación de marista y murió santamente a los noventa y tantos años. Éste fue mi tío Cándido.

Y añado de mi cosecha. Me imagino que por la edad, no muy lejos, andaría el hermano Demetrio (“tío-abuelo” de Trotamundos) a quien el tío Patricio también envió a los frailes para que le “domaran”. Y a la verdad que fueron domados. Y el tío Patricio tendría que pagar su parte alícuota. O no.

Me lo contaron, con mucho gusto lo cuento.

 
   

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RECUERDO VIGÉSIMO NOVENO.

AQUELLAS JOTAS.

Ya he contado mis vivencias infantiles de la trilla. Entonces dije que no tenía conciencia de la siega a hoz o guadaña de la mies. Me “echaron “del pueblo cuando no tenía fuerzas para manejar la guadaña y era peligroso que yo cogiera la hoz. Lo más que me permitía el abuelo era segar, que más bien arrancaba, un saquillo de trébol para los cerdos y las gallinas donde decían el Soto, con aquella guadaña vieja que dejaba en la tierra, disimulada entre unas pajas y que yo contribuía a que cada día fuera más vieja y cortara menos.

Como inciso he de decir que sí he visto más tarde segar a hoz por las llanuras de Valladolid y Segovia; entre los pinares de Olmedo. Aquellas cuadrillas de veinte o treinta jornaleros, hombres y mujeres y hasta niños venidos de lejos a ganarse durante unos días un jornal que ellos creían decente y que sus tierras no les daba. Algo así como las caravanas de trenes que portaban a los españolitos de la posguerra hacia Francia en tiempo de vendimia y de escasez. No sé si todavía quedan caravanas. Ahora vienen de otras tierras todavía más pobres para la cosecha del pepino, de la fresa, de la manzana, del melocotón. Y vienen exponiendo sus vidas en “pateras” miserables o entre las ruedas de un camión, en la bodega de un carguero.

Por eso adelanto, (porque la siega a hoz o guadaña no está clara en mi memoria de niño y en el pueblo), lo que cuento, me lo contaron. Lo haré, eso sí, en nombre de los dos, ya que soy muy respetuoso con mis “fuentes”. No sé por qué, la persona con quien hace unos días comentaba esto y me lo explicaba emocionado, me pide quedar en el anonimato.

 
Siega

Del mes de agosto añoro, añoramos, lo que antaño se hacía en agosto: la siega de la mies, la trilla.

Ya no hay tierras de trigo (me decía), de centeno, de cebada, de avena que segar. Ya no hay sembrados de garbanzos, de titos, de lentejas. Todo esto queda para tierras de la ancha Castilla (y León). Nuestras parcelas son demasiado pequeñas, o la tierra es poco productiva en cereales; o han desaparecido los labradores. Nadie nos ha seguido. Solo queda algún ganadero. Solo queda el recuerdo. Son otros tiempos. ¡Cómo ha cambiado todo!

 

Las hoces iban desapareciendo poco a poco por aquellos años; también las cuadrillas de segadores y segadoras menguaban. Había que segar a guadaña, aunque en la tierra quedara algún grano de más para los pardales. Y lo que son las cosas, poco después desapareció la guadaña, para dar paso a la máquina que lo hace todo: siega y trilla a la par. Hoy en nuestros pueblos, ni hoces, ni guadañas, ni máquinas cosechadoras; no quedan sembrados, todo son rastrojos donde crecen cardos y zarzas; y deambulan los lagartos y lagartijas.

Pues bien, en nuestros tiempos y poco más, los hombres salían al amanecer con su guadaña al hombro, con su gachapo al cinto; porque temprano, con el rocío de la mañana, la paja se cortaba mejor, la espiga no desgranaba tanto. Estoy, estamos oyendo la música repetitiva y acompasada de la guadaña cuando a la salida del sol y antes, la habilidad del segador la hacía cantar: zaasss, zaasss… Ver caer el trigo, obediente, hacia el mismo lado, con  las espigas en ristre. Las guadañas, para esta faena, llevaban añadido al astil un artilugio de madera y  triangular con  largos dientes que hacían caer la mies hacia la izquierda. Estoy, estamos viendo al labriego con la guadaña sobre la rodilla izquierda, más o menos erguido, sacar la piedra del curvado gachapo porque solía ser un cuerno de vaca, y también siguiendo una ancestral musiquilla, oír el pasar repetidamente la piedra por ambos lados del corte desde la base a la punta. Entonces el ritmo de la música  cambiaba. Al final una pasada larga de atrás adelante y de adelante atrás, como diciéndole: “lista para el próximo marallo”. Y esto lo recuerdo, lo recordamos en la Varga, en la Cuesta de Llama y Grandoso, en Villar, en las Escavanillas, en Escucha, en la Cota, en…  En días especiales de agosto, a primeras horas de la mañana, con la fresca, entre dos luces, los segadores ponían música al campo con la guadaña y con la piedra de afilar. Siempre había media docena de segadores muy cerca unos de otros.

 
 

¿Y las mujeres? Ah, las mujeres y las mozas (también los chavales) llevábamos el almuerzo al marido, al padre o al hermano y comenzábamos a hacer las gavillas. ¡Con qué garbo lo hacían las mujeres! Si hasta protegidas con su pañuelo a la cabeza y su sombrero de paja para que el sol no las pusiera morenas, se atrevían algunas con una jota leonesa: “Dos cosas tiene Boñar…” o  “Los titos de Corniero…”, que resonaba por toda la campiña y hacían que los segadores interrumpieran el zis  zas de las guadañas y escucharan embelesados aquella jota mientras aprovechaban para liar un cigarrillo.

Jotas
 
 

Nunca faltaba algún silbido, algún piropo más o menos atrevido y subido, que la “diva” del momento aceptaba complacida, como los aplausos. En aquel ambiente, la jota no se bailaba. El baile quedaba reservado para el domingo por la tarde, delante de la escuela, alrededor del viejo caño. Una simple dulzaina y un tambor en manos de algún  mozo del pueblo o venido de fuera eran suficientes para sacar las notas de la jota más pintada. Dos horas de pasodobles y tangos que acababan con la inevitable jota. Si hasta había premio para la mejor pareja de “bailaores”, aunque no fuera más que la honrilla.

 
 

Sigo, seguimos recordando (continuaba con añoranza mi interlocutor), aquellos momentos: el cantar de la jota, la música de la guadaña, el reclamo de la perdiz y codorniz a las que descubrían el escondite y la nidada; y la felicidad de los hombres que bajo la frente humedecida por el sudor dibujaban una enorme sonrisa, porque la cosecha de aquel año parecía que era buena. Merecían la pena los trabajos de la arada y de la siembra, los sudores y fatigas del año. Y los miedos al pedrisco.

Jotas
 
 

Del acarreo hasta las eras y de la trilla ya os hablé en un  recuerdo anterior, pero os aseguro, que también de cuando en cuando, se oía en la era alguna jota o cancioncilla a pesar del sol que caía a plomo sobre la parva, sobre el trillo, sobre la yunta, sobre la que trillaba y cantaba.  

Lo vivimos y lo recordamos.

 
       

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RECUERDO TRIGÉSIMO.

¿Un recuerdo? Muchos recuerdos. ¿Una añoranza? Muchas añoranzas. Lo raro no es que escriba estos cuatro versos que se parecen a algo así como a “quintillas”. Lo raro es que tenga el atrevimiento de colgarlo en esta página para que otros lo lean o lo “padezcan”. 

Os digo que lo hago con todo el respeto, con  todo el cariño, pensando en los pueblos que nos vieron nacer a mí y a muchos, que nos vieron crecer, que nos vieron partir a tierras más o menos lejanas; que nos reciben, me parece, con los brazos abiertos siempre que regresamos.

Lo escribo pensando en los que se quedaron más bien. En los que vivieron, trabajaron y murieron; y hoy descansan en sus cementerios; en los que aún viven y siguen mirando a la Peña de la Cruz. Y recuerdan, y añoran.
Si os gusta, muchas gracias. Si no, lo lamento.

 
   
 

A  MIS  GENTES.  A MIS PUEBLOS.

Cantad bien fuerte, soñando
Con aquel pasado humilde,
Con aquel vivir de antaño
Que fue de dioses regalo,
Que nos hizo grandes, libres.

Soñad felices cantando
Con nuestro meditar mudo,
En los pueblos añorados
En los goces olvidados
Por vivir en otros mundos.

Visteis partir a tus hijos
Mirando atrás con  tristeza.
Se fueron sin rumbo fijo,
Buscando "el desconocido"
En otra lejana tierra.

 
 

Labradores fuertes, rudos
En nuestras tierras de arena;
Os sueño en vuestro terruño,
En aquel invierno crudo,
Agarrados a la esteva.

Os veo blandiendo la aijada
Careando a la pareja,
Vosotros de pie en la “grada”,
Allanando las besanas,
Arada una vez la tierra.

Ganaderos rudos, fuertes,
Amos de pequeño establo,
Os vi regar vuestras “suertes”
Con sudor en vuestras frentes,
Las manos duras de callos.

Llama2
 
 

Minero altivo de antaño
Del carbón trabajador
En “cortes” del pozo abajo,
Allí donde estaba el “tajo”
Sacando vuestro sudor.

Vestidas con sayas negras
Mujeres, abuelas, madres,
Luto fiel en estas tierras,
Costumbres, usanzas viejas,
De otros tiempos, de otros lares.

Hombres vestidos de pana,
Calzados con las madreñas,
Firmes la mano en la aijada
Conque la yunta guiabais
Hacia el prado de la Vega.

Grandoso
 
 

Vuestras casas solariegas,
Viva historia del pasado,
Cantarían trovas viejas,
Canciones añejas, bellas
De aquel bullicio de antaño.

Hoy son humildes testigos
De otros tiempos, tiempos nuevos,
De otras casas de prestigio     
Que resguardan más del frío
Que otro invierno, invierno viejo.

Seguiréis mirando al campo
Verde, hermoso en primavera,
Acogedor en verano,
En el invierno nevado,
Típico de nuestra tierra.

Miraréis al norte siempre
A aquella Peña que es guía,
Vigilante eternamente,
Protectora permanente
De vuestro pueblo y sus vidas.

Asun_y_Tere
 
 

Llama de Colle, Grandoso,
Mis dos pueblos ancestrales,
Siempre os llevaré orgulloso,
Os recordaré gozoso
Como padres entrañables.

 

Ezequiel
Barcelona, octubre del 2011

 
       

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RECUERDO TREINTA Y UNO.

FIESTAS EN VERANO.

Me lo contaban. Hace unos días hablando con Toñita, junto con su marido José Luis, vecinos de escalera, ambos de tierras gallegas e íntimos amigos nuestros, me contaba sus recuerdos juveniles. Y los contaba con primor. También había sido moza. Yo le escuchaba con la boca abierta. Y veía en aquellos relatos retratadas, más o menos, la historia de las mozas de mi tiempo y de mi pueblo. A lo mejor os gusta.

“¡Cómo esperábamos el verano, sinónimo de buen tiempo, de faenas en los praos, con la trilla, en las eras; nos daba rabia ponernos morenas y parecíamos moras con el pañuelo bien ajustado y el sombrero de paja. Los veranos eran sinónimo, sobre todo, de fiestas populares!   Casi todos los santos o santas, patronos de aquellos nuestros  pueblos y en mi juventud, se celebraban en Julio o Agosto. Hoy aquí, mañana allá”.

 
 

Fiesta

 

“De días teníamos anotado en el calendario, y si no en la cabeza, la fiesta de cada pueblo.  Aquel día tocaba en….. Total no más de media legua. Y mientras en la mañana nosotras hacíamos las camas, los quehaceres de casa, llevábamos al “prao” las vaquiñas para que pacieran, o íbamos a limpiar la maleza de aquel patatal, oíamos los cohetes retumbar en el cielo de pueblo vecino y redoblar las campanas en la espadaña. Nos imaginábamos al santo pasear alrededor de la Iglesia o de la ermita en su tradicional procesión. Y las mozas y los mozos portando las andas; ellos con menos convicción y devoción, pero con gran empaque para lucir, a lo mejor, su traje nuevo; o sus zapatos brillantes recién estrenados. Pavoneándose ante las mozas, y éstas ante los mozos. Y nosotras envidiando aquel vermut en la cantina o en la taberna vecina, esperando a que el ama de casa tuviera preparado el asado de cordero para las gran comida”.

 
   

 

“Muy pronto en la mañana avisábamos a la madre: -Esta tarde hay baile en tal sitio, es su fiesta, no contéis con nosotras, hemos quedado con el grupo de amigas, (que eran casi todas las del pueblo)”.

“Y nuestros padres, que también habían sido mozos, condescendían sin más. A lo sumo a la hora de comer, a los postres, nos daban alguna última recomendación: -Y pronto a casa. –Sí, señor; contestábamos sumisas, aunque luego hiciéramos de más o de menos”.

“A las cinco de la tarde ya estábamos la pandilla preparadas y con el mayor alborozo arrancábamos. A esa hora solía comenzar la fiesta en aquellos tiempos. Casi nos estábamos perdiendo ya los primeros pasodobles, o tangos, o muñeiras. Felices y contentas, con los zapatos en una bolsa, y calzadas con las alpargatas de cada día hacíamos los dos o tres kilómetros de camino, a veces de tierra. Pero si ya sentíamos la música, que nos llevaba en volandas, casi bailando”.

“Casi cantando, llegábamos a la plaza, o a la era, o al prao donde tenían formado todo el tinglado. Una buena tarima o entoldado daban cobijo a tres o cuatro músicos, con su bombo y tambor, con su acordeón, con su trompeta. A veces eran avezados gaiteros. Y como soplaban, los tíos”.

“Cuatro o cinco horas tirando de pasodobles, de tangos, de agarraos, de jotas, de muñeiras, de lo que fuera. Incansables nos pegábamos aquellos bailes dejándonos llevar por el brazo fuerte del mozo de turno, que a veces se arrimaba más de la cuenta y nosotras, aunque con rubor, lo consentíamos”. 

“Los descansos y respiros que se tomaban los músicos, a nosotras nos parecían largos. Tiempo que aprovechábamos para recibir el cumplido de la pareja en la cantina improvisada, para tomar un refresco o un helado de vainilla. Y hasta un bocadillo, a veces”.

 
   

 

Fiesta 2

 
 

“Así pasábamos la tarde hasta que se hacía de noche y aquello acababa, siempre antes de las diez. Nos despedíamos de los mozos, no con un beso, como harían las chicas de hoy día; si no con una desinhibida sonrisa. Y un "adiós, hasta mañana en..."

“Era hora de deshacer el camino; de cambiar los zapatos por las alpargatas abandonadas en el hueco de una pared, y a la luz de la luna, recordando el aliento a vino del mozo que nos acompañó la mayor parte del tiempo, volver a casa comentando nuestras cosas”.

“Nuestros padres ya descansaban; aunque con voz ya menos preocupada nos decía: Ah, ya estáis aquí. Nosotras nos íbamos a dormir y a soñar con los felices momentos vividos; esperando la fiesta de otro pueblo o del nuestro”.

“Ah, y soñando sobre todo, que aquel encuentro pasajero de la tarde tuviera continuidad en el tiempo. Y quién sabe”.

Me lo contaron, lo cuento.

 
   

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RECUERDO TREINTA Y DOS.

YO HICE DE  “VECERO”.

Me dicen que dónde están mis otros recuerdos infantiles.                                                       

- Pues en el limbo.

Tengo otros muchos recuerdos. Pero son tan efímeros, tan de un día, de un  momento, que no merecen la pena.

El otro día, cuando leí que también este verano hubo excursión a la Peña de la Cruz  me vino a la memoria la primera vez que yo subí a aquel monte siendo un chaval, un niño. Y no fue de excursión con el colegio cantando el “cara al sol”. No. Entonces cantábamos el “cara al sol” con el brazo en alto a la entrada de la escuela, pero no hacíamos excursiones.

Recuerdo aquel día especialmente, aunque con un poco de bruma en mi cabeza. Os explico:

Resulta que en Grandoso había por entonces un buen rebaño de ovejas, como en Colle, como en Llama y en todos los pueblos. En cada corte pasaban la noche quince, veinte, treinta o pocas más ovejas; como casi todos los vecinos tenían corte la cabaña era numerosa y juntas, formaban un buen rebaño; eran guiadas por un pastor contratado, supongo que por unas cuantas pesetas, alojamiento y manutención. Me parece que cada diez ovejas, un día de alimentación al pastor: una cazuela de leche migada o unas sopas de ajo para el desayuno; se le llevaba el cocido o se le aviaba el zurrón con la merienda para mediodía y la cena (otra cazuela de sopas, de patatas o de fréjoles). Eran frugales aquellos pastores, como sus amos, todos los ganaderos. Así hacía el pastor lo que llamaban “la corrida”.

Como hacía la corrida también el “vecero” que se decía al acompañante, al zagal, en ciertas épocas del año, por lo menos. Supongo que en primavera, cuando había que proteger los trigos de la Varga y cuando nacían los corderillos y había que cargarlos, como buenos pastores, al hombro hasta el pueblo, seguidos de cerca por la oveja madre con su balido penetrante y maternal. Entonces, cada vecino, por turno, siguiendo la “corrida”  hacía el oficio de “vecero”, de zagal.

A mí me tocó ese día, cuando apenas tenía no sé, nueve, diez, once años... (¿Os imagináis, los que tenéis treinta, cuarenta años a vuestro hijo de diez haciendo aunque sea de vecero, de ayudante de pastor por esos riscos?) Es un inciso y sigo:

Sí, hice de “vecero”. ¡Qué ilusión! Todo el día en el monte, rompiendo alpargatas, posiblemente sin hacer caso del rebaño, oyendo los improperios del pastor. No sé por dónde subimos; de repente me encontré, me encuentro hoy con el recuerdo, en lo más alto de la sierra, con hambre. Se me hacía tarde la hora de comer la merienda que el abuelo o Humildad me prepararon en un morralico y que me estorbaba terciado al hombro. No se podía abrir hasta mediodía, cuando las ovejas rumiaban y sesteaban y solo se oía el tilín de alguna esquila.

Con qué fruición di cuenta de la rebanada de pan de hogaza, me parece que una muestra de jamón y otra de chorizo, a la sombra del mejor roble, al lado de aquel fornido pastor, a quien imitaba, como persona grande, cortando las tajadas con la navaja de Albacete.

Envidiaba al pastor y su bota de vino. Yo agua que  llevaba en una cantimplora; aunque la teníamos abundante y fresca en la hermosa fuente de la “Era del Agua”. No sé si hoy existe una y otra. Me imagino arriba, en lo más alto de la Peña, con los brazos extendidos y dando un grito para oír el eco. Puede ser que entonces, sin que nadie me preguntara, tuviera la ocurrencia de niño: “cuando sea grande quiero se pastor” (para mí no existían los bomberos).

 

 

Pastor

 
Foto enviada por Ángel de Baró
 
 

 

Ya no recuerdo si yo hice siesta, supongo que sí porque había madrugado y me había dado una soberbia “paliza”, que se dice. Entonces, a la sombra de un roble, sobre la hierba, con el simple morral de almohada, los chavales sabíamos dormir. Tampoco recuerdo cómo y por dónde bajamos. Y si las ovejas y el rebaño bajaron enteros. Me imagino lucirme ante los otros chavales que salían a la espera de su pequeña cabaña a la Erica y más arriba.

Yo lo viví, yo lo cuento.

 

Apéndice.

Cuento esta historia, no para pavonearme. A todos los chavales nos tocaba hacer lo mismo, más o menos, en aquellos tiempos. A los pocos que quedan de mi tiempo y menos, se les refrescará la memoria y la revivirán. A los de mediana edad les diré y les servirá para que sepan cómo han cambiado los tiempos. O no. A los más jóvenes, que no crean eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Porque yo me he visto en cierto modo reflejado (a mucha distancia, y para mejor) en esos niños descalzos, casi desnudos, sin fardelico de merienda, que por los desiertos de muchos países africanos, en pleno siglo veintiuno, siguen el rastro y el polvo de media docena de cabras hacia no se sabe dónde.

 
   

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RECUERDO TREINTA Y TRES.

COMENTARIO A UNA FOTO.

     
Foto
       

Hace tiempo, a través de la página creada por Jon y Pablo, junto con otros de Grandoso, llegó hasta mi ordenador una foto de las que se hacían antiguamente. En grupo, y grupo numeroso. Parece tomada en alguna de aquellas “movidas” que organizaban los miembros de la Cofradía de la Encarnación. Y en ella aparecen muchos  conocidos y hasta familiares muy cercanos. Quiero hablar, no de aquella Cofradía, sino de esta foto.

¡Qué sorpresa! Cuando encuentro en aquella página esta foto me hace una gran ilusión. Me ha impactado. Ya sabéis: algún antropólogo ha dicho que la vida de un hombre es un círculo, cuyos extremos se llegan  a tocar con los años; nacemos niños, indefensos, vamos creciendo, pasamos nuestra juventud, nuestra edad madura, y llegamos a mayores cuando otra vez nos volvemos, no niños, pero sí como niños indefensos, dependientes de otros, si no de una residencia en estos tiempos (por desgracia). Todos esos vecinos que veis retratados, y que la mayoría eran mayores, llegaron a hacerse como niños, pero dependieron siempre de los suyos.

Y a lo que iba. Cuando vi esta foto me dio un  vuelco el corazón y me hizo retroceder muchos, muchos años. En un  primer momento mirando y remirando conocí a cuatro, cinco a lo más; pero cuando fui leyendo nombres, una película pasaba  por mi cabeza, por mi recuerdo. Y a medida que van pasando los días y los meses me digo: “ciertamente, ése es el tío fulano”. Parece que lo estoy viendo tal cual. Pensad que salí del pueblo cuando apenas había cumplido los once años y durante muchos no volví siquiera de visita.

Para un chaval de entonces todos los mayores de cuarenta o cincuenta años pasaban a la categoría de “tío” o “tía”. Que no es el “tío” de los “colegas” de hoy.

El tío IGNACIO, viviendo en lo que de niños considerábamos el fin del mundo, en la casa “cimera” del pueblo y del que se decía, en aquellas noches nevadas de invierno, cuando las abuelas nos contaban cuentos de brujas y de caperucitas, que si llegaba tarde de la cantina, le acompañaban un par de lobos desde la esquina de casa de tío Manolo, y que él iba espantando encendiendo cerillas. Era el que por unos días tuvo dos nietas sin haber tenido hijos. Y el que tenía un hermoso huerto de frutales, tentación de los mozuelos sin escrúpulos; aunque muchas ramas con ciruelas sobrepasaban la tapia y se ponían a tiro de una simple vara.

El tío FELIPE, que vivía en aquella casona, la mejor del pueblo con diferencia (que yo recuerde). Los que tenéis cierta edad recordaréis que, con frecuencia y aún hoy día, a la vivienda se accedía por una puerta pequeña que había al lado, o bien  integrada en el portón enorme de madera maciza por donde entraban la yunta y los carros, cargados a veces con hierba y otras con patatas, y que primero daba acceso al corral. La casa del tío Felipe no; mostraba la señorial fachada con su escalinata y todo. Envidia daba contemplarla. Ahora me da pena verla cerrada incluso en verano. Y mira que eran y son familia numerosa.

El tío PÍO. Vaya si me acuerdo del tío Pío, que vivía casi enfrente al caño de arriba. Si hasta tenía una finca en Fresno y con frecuencia me encontraba con él y con su hijo Ángel cuidando de las vacas; Ángel siempre iba con periódicos o recortes y tenía enterado a todo el pueblo de los avatares de la segunda Guerra mundial. Posiblemente era el único que en los años de la posguerra leía las noticias escritas. Y le sigo recordando al tío Pío por algo especial: años más tarde, cuando yo ya iba en coche, me crucé con él en la Cota o aledaños. Volvía con su azada al hombro y con andar cansino de hombre viejo de trajinar en la finca de Fuentes. Me contaban que pasó la mayor parte del día (y de su vida) drenando aquella finca. ¡Si hoy levantara la cabeza!

El tío COLÁS. Hombre largo y enjuto. El “andarín” le llamábamos a su espalda. En medio de la calle Mayor, debajo de la iglesia. En su portal se representaban las famosas comedias. Tenía una de las mejores cabañas del pueblo. Sorprendía cuando el motril arreaba  la vacada hacia los pacederos. Y alguna de las vacas era pinta; decían que era “lechera”. Ah, y éstas portaban esquila.

El tío SANTIAGO y la tía JOSEFA. Mis tíos. Los eternos cantineros. Los que servían el mejor vino traído de tierra de Campos en pellejos de no sé cuantos cántaros. O eso decían ellos, Porque los clientes, por más que se las daban de entendidos (y motivos tenían por la cantidad que bebían), ni puñetera idea. Con tal que fuera tinto y viniera en  jarra de barro se daban por satisfechos. Y servía para jugárselo al mus y pasar la tarde. Cuantas partidas de bolos se jugaron también en su corral; y cuantas tardes de baile en la misma carretera, por donde entonces no pasaban ni los camiones de los Caballeros.

El tío MARTÍN. El abuelo Martín. Cada vez que veo al amigo Amable veo a su abuelo. Me parecen el mismo retrato. Las ausencias tan prolongadas no me han permitido vivir los cambios de Amable hasta su edad madura; por eso le veo como a su abuelo Martín (perdona Amable, es un agasajo, a mí me gustaría que alguien me dijera: “te pareces al tío Froilán”). Me  imagino al tío Martín en el portal interior con su serrucho, con su cepillo, con su azuela restañando las heridas del arado o de la sarda, o simplemente haciendo tarucos. Era muy mañoso en el oficio de carpintero. Y siempre con la cachimba de fabricación propia en la boca. Pero si casi en la foto parece hacer el gesto de apretar el tabaco  con el dedo índice. Fijaos, creo que hasta se intuye la pipa.

El tío FROILÁN, mi abuelo Froilán, el tío “Sos”. Porque en el pueblo, muchos de estos paisanos llevaban su apodo, mejor su alias con  el que todo el mundo les conocía y que casi nadie osaba decírselo a la cara. Muchas veces se ganaban este alias a pulso; otras era simple tratamiento amable, u ocurrencia del amigo de turno, o del enemigo, vete tú a saber. El abuelo que en sus años mozos fue carretero y que yo conocí de simple labrador, cuidando de cuatro vaquitas y de un burro, que le portaba cada lunes a Boñar, y con el que buscaba unas botellas de agua purgante y medicinal de la fuente Amarga. Agua que de ordinario no bebía, se hacía vieja, la derramaba en la pila de las gallinas y otro viaje a la fuente, donde se comía la merienda y tiraba de bota.

El tío Leoncio, Faustino, Matías, Lorenzo, Dionisio, Ferino...

La tía María, Natis, Maura, Dolores...

En fin, divagaciones mías. Es historia viva, reminiscencias que vivió y recuerda un viejo, de cuando era un chaval de pocos años.

   

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ME DESPIDO.

No sé si con estos desmañados comentarios habré dado en el clavo. Sólo pretendo recordar pedacitos de historia de mi pueblo, de Llama, de los años cuarenta del siglo pasado. Si a los mayores les sirve de recuerdo y satisfacción, yo también me doy por satisfecho y pagado. Si a los más jóvenes les ha picado la curiosidad, pregunten a sus abuelos, a sus mayores, que sabrán contarles las “batallitas” mejor que yo.  Aunque no siempre son “batallitas”, sino realidades.

Ha sido un placer.  Animo a otros a contar sus experiencias de los años cincuenta, sesenta o setenta tal como las han vivido y las recuerdan.

La historia la hacemos todos y todos podemos contarla.

Ezequiel

 

 

 

CANTO A NUESTROS PUEBLOS

Recuerdos, recuerdos, recuerdos.
Vivencias de mi infancia
Sentimientos profundos de los años
Que dejaron las huellas del pasado.
Querencia de los pueblos
Llama y Colle, Grandoso.
Pueblos donde yo nací,
Pueblos donde yo viví,
Pueblos que mi cuerpo abandonó,
Pueblos que siguieron en mi alma,
Largos años sin ellos en lo físico,
Largos días con ellos en la calma
De mi pensamiento, de mi corazón.

Recuerdo que fuisteis pueblos
De minas, de mineros, de labriegos.
Hombres recios,
Os he visto salir del “pozo”,
Negros por fuera de carbón,
Blancos por dentro de contento.
Os he visto con la aijada al hombro
Guiar la yunta al campo
Y arar vuestros rastrojos,
Buscar el pan en las entrañas de esas tierras
Áridas, arenosas, duras.
Negras por dentro,
Blancas y generosas por fuera.

Hombres recios,
Recuerdo a vuestras mujeres
Vestidas de negro,
Muchas veces llorando
Por aquel ser querido que había muerto
Allá abajo en la mina.
Supliendo vuestras manos, en el campo
Supliendo vuestra ausencia, en el hogar.
Manos femeninas, hacendosas,
Callosas, arrugadas de trabajo,
Sabiendo que sus hijos algún día
Recordaríamos ufanos el pasado.

Pueblos amigos.
Recuerdo tus campanas en lo alto
De aquella espadaña,
De aquel campanario,
Tañendo por los muertos. 
Anunciando a los vivos
La hora de la misa y el rosario,
La hora de hacendera,
La hora de peligro, de “rebato”

Mis recuerdos son también para la escuela,
Para aquellos maestros abnegados,
Maestros de escuelas unitarias,
De niños de todas las edades.
Que instruyeron  nuestras mentes,
Que dejaron su huella en nuestras almas,
Que quisieron forjar un porvenir
En el corazón de aquellos niños,
Jóvenes pueblerinos,
Jóvenes al fin y al cabo
De miradas anchas y altas.
¡Cuántos recuerdos de mi escuela humilde,
De tantos compañeros,
Perdidos, olvidados en el tiempo!

Pueblos de labriegos,
Pueblos de ganaderos,
Afanosos en verano con la siega
Del trigo, del centeno,
Que en otoño sembrasteis en la sierra.
El invierno en vuestro entorno es largo,
La cabaña, aunque corta, se alimenta,
Necesita del forraje de aquel “prao”
Que regasteis, que abonasteis
Que librasteis del espino.
No importaba la inclemencia,
No importaban los calores.
Se pensaba en la existencia
De ese hogar que exigía sacrificios.

Recuerdo vuestras fiestas veraniegas,
Fiestas que esperábamos con gozo,
Fiestas despedidas con tristeza.

San Ramón en Colle y Llama
Las Mercedes en Grandoso.
Misa solemne en las ermitas
Música de gaitas y tambores
Con retumbar de cohetes en el cielo.
Vinillo en la cantina, los mayores,
Banquete en casa las familias.
Baile en las eras por la tarde,
Concursos, pasatiempos.
Y aquella “diana” inolvidable
Que recorría las puertas de las casas,
Acogiendo con cariño a los mozuelos,
Y agasajando a  las damas.
Nostalgia cuando se iban
Y al día siguiente esperanza.

Tierra dura de planicie,
Tierra verde de montaña,
De veranos cortos, muy cortos,
De noches largas, muy largas.
Semanas frías con nieve,
Mañanas llenas de escarcha.
Tiempo para estar en casa,
Para escuchar las historias,
Para contar las hazañas
De hombres que hicieron el pueblo,
De hombres que dejaron huella
De hombres que fueron ejemplo
Para hijos, para nietos.

Recuerdos, recuerdos, recuerdos.
Añoranza de mis pueblos
Llama y Colle, Grandoso.
Pueblos donde yo nací,
Pueblos donde yo viví
Pueblos donde yo crecí.

Ezequiel

 

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